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29 de octubre de 2020

Las doce princesas bailarinas - Die zertanzten Schuhe

 Las doce princesas bailarinas, en alemán “Die zertanzten Schuhe”, es el cuento número 133 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm. 


Érase una vez un rey que tenía doce hijas, a cada cual más hermosa. Dormían juntas en una habitación con las camas pegadas unas a las otras. Por las noches, cuando ya se habían acostado, el rey cerraba la puerta con llave y corría el cerrojo. Mas por la mañana, al abrir de nuevo las puertas, se percataba de que los zapatos de las muchachas estaban estropeados de tanto bailar, y nadie podía explicar qué era lo que había sucedido.

El rey decidió hacer un llamado a su pueblo: quien descubriese adónde iban las princesas por la noche a bailar, podría elegir una, tomarla como esposa y, cuando el rey muriese, ocuparía su lugar en el trono. Mas había una pequeña condición, si el que se ofreciese a descubrir el secreto no podía resolverlo en tres días y tres noches, perdería la vida.

Poco tiempo después un príncipe se presentó, declarando que sería capaz de resolver el misterio. Su llegada fue bien recibida, y por la noche se le condujo a una habitación ubicada al lado de la de las princesas, donde se instaló una cama. Para que su tarea de vigilar y averiguar adónde iban las muchachas fuese efectiva, el rey decidió dejar la puerta abierta.

Mas por la noche, el príncipe empezó a sentir que tenía plomo en los ojos y se acabó durmiendo. Al despertar por la mañana se horrorizó al darse cuenta de que las doce hijas del rey se habían marchado a bailar, los zapatos estaban completamente desgastados y llenos de agujeros.

La segunda y tercera noche pasaron exactamente igual, y el príncipe fue decapitado sin ninguna compasión. Después de él se presentaron muchos más candidatos, pero todos acabaron igual; perdiendo la cabeza.

Un tiempo más tarde, un pobre soldado iba en dirección a la ciudad, había sido herido y no podía seguir en el ejército. Se encontró con una mujer que le preguntó adónde iba:

—Ni yo mismo lo sé —contestó, y añadió en tono de broma—: Me gustaría averiguar dónde desgastan sus zapatos las princesas y luego convertirme en rey.

—Bueno, eso no es tan complicado —dijo la mujer—. Lo único que tienes que hacer es no beber el vino que te llevarán por la noche y simular estar profundamente dormido. —Le dio una pequeña manta y añadió— con esto te harás invisible, y así podrás seguir a las doce muchachas.

Con esas instrucciones el soldado se tomó en serio la idea, así que se encaminó hacia el palacio para presentarse como voluntario. Fue tan bien recibido como los anteriores y le dieron vestidos principescos. Por la noche fue guiado a la habitación contigua a la de las princesas, mas cuando se iba a meter en la cama la hermana mayor le ofreció un vaso de vino. Pero el soldado, que ya estaba alertado, se había atado una esponja a la barbilla y dejó que el vino resbalase, sin beber ni una sola gota. Se acostó y al poco rato empezó a roncar como si estuviese profundamente dormido.

Las doce hermanas lo escucharon y rieron.

—Se podía haber ahorrado su muerte —dijo la mayor.

Luego se levantaron, abrieron los armarios, arcas y cajones y sacaron magníficos vestidos. Se prepararon delante del espejo y saltaron de un lado a otro, contentas por marcharse al baile.

—No sé… vosotras estáis muy felices. Pero yo tengo una sensación horrible. —Empezó a decir la más pequeña—. Siento que nos va a ocurrir una desgracia.

—Eres una tonta que siempre se asusta de todo —respondió la mayor—. ¿Te has olvidado ya de cuántos príncipes han tratado, en vano, de descubrirnos? Al soldado no hacía falta ni darle la poción para dormir, el muy patán ni se habría despertado.

En cuanto estuvieron listas pasaron por la habitación del soldado, pero el hombre tenía los ojos cerrados y permaneció quieto, haciéndoles creer que estaba completamente dormido.

La mayor de ellas se dirigió a su cama y le dio unos golpes. El mueble empezó a hundirse en el suelo y todas pasaron por la abertura, una tras otra, la mayor la primera. El soldado, que lo había visto todo, las siguió presuroso. Tomó su pequeña manta invisible y se metió en el hueco tras la hermana pequeña; a mitad de la escalera le pisó un poco el vestido.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la chica, asustada—. ¿Quién se agarra a mi falda?

—No seas tan estúpida. Te habrás enganchado con algo —respondió la mayor.

Continuaron bajando y, cuando llegaron al final, se encontraron en una maravillosa avenida llena de árboles con hojas de plata que refulgían con esplendor. 


«Necesito una prueba de esto», pensó el soldado, mientras arrancaba una ramita, produciendo un fuerte crujido al romperla.

—Algo no está bien, ¿habéis escuchado ese ruido? —preguntó la más joven.

—Son disparos de júbilo, porque pronto podremos liberar a nuestros príncipes —contestó la mayor.

9 de abril de 2020

Eckbert el Rubio - Ludwig Tieck

Este cuento fue escrito por Ludwig Tieck en el año 1796. Pertenece a una época denominada romanticismo alemán y en la actualidad se puede encontrar en diferentes recopilaciones de cuentos de este autor o con otros contemporáneos a él. 

En esta historia se nos cuenta una parte de la vida de Eckbert, un caballero alemán de la región de Harz, en el centro de Alemania, y el pasado de Bertha, su mujer, que tuvo una infancia y adolescencia muy especiales.

Es un cuento con una ambientación muy fantástica y hasta un poco onírica. Es bastante largo, pero la historia engancha desde el principio. Der blonde Eckbert en alemán.



Eckbert el Rubio 

En una comarca del Harz vivía un caballero al que solían llamar, simplemente, Eckbert el Rubio. Tenía unos cuarenta años, era de estatura media y sus cabellos, de un color rubio claro y muy lisos, le caían pegados al pálido rostro. Vivía en tranquilidad él solo, y nunca se involucraba en las peleas de sus vecinos. Tampoco se le solía ver fuera de las murallas de su pequeño castillo. A su esposa le gustaba la soledad tanto como a él, y los dos parecían quererse con todo su corazón. De lo único de lo que se lamentaban era de que el cielo no hubiese bendecido su matrimonio con hijos.

Eckbert tenía visitas muy pocas veces, y cuando esto sucedía, no cambia casi nada sus rutinas diarias. La templanza vivía allí, y la austeridad parecía ordenarlo todo. Eckbert estaba alegre y dicharachero. Tan solo se podía apreciar en él una cierta reserva y una silenciosa melancolía cuando no había nadie a su alrededor.

Nadie iba tan a menudo al castillo como Philipp Walther, un hombre con el que Eckbert había conectado, pues tenía una manera de pensar muy similar a la suya. En realidad vivía en Franconia, pero solía pasar más de la mitad del año en los alrededores del castillo de Eckbert recolectando hierbas y piedras que luego clasificaba y estudiaba. Tenía un pequeño patrimonio con el que podía vivir, y no era dependiente de nadie. Eckbert solía acompañarlo en sus solitarios paseos y con los años fue surgiendo entre ellos una íntima amistad.

Hay veces en las que uno se acongoja cuando tiene que guardar un secreto a un amigo; un secreto que hasta ese momento ocultó con ahínco. En esos momentos el alma siente la irresistible necesidad de abrirse por completo y confesar hasta lo más íntimo, para que así la amistad se estreche más aún. En esos instantes las delicadas almas se conocen una a la otra, y a veces también sucede que uno se asusta al conocer al otro.

Era ya otoño, en una tarde de niebla, cuando Eckbert, su amigo y su propia esposa, Bertha, estaban sentados frente a la chimenea. Las llamas arrojaban un claro resplandor por toda la estancia y jugaban en el techo. La noche entraba a través de las ventanas con toda su negrura y los árboles del exterior se estremecían por el frío húmedo. Walther se quejaba del largo camino de regreso que tenía por delante y Eckbert le invitó a quedarse con él, pasar la mitad de la noche con charlas familiares y dormir en un aposento de la casa hasta la mañana siguiente. Walther aceptó la propuesta, entonces el vino y la cena fueron servidas, el fuego de la chimenea fue avivado y la conversación entre los amigos fluyó con alegría y confianza.

Cuando la cena fue recogida y los criados se retiraron, Eckbert tomó la mano de Walther.

—Amigo, deberíais dejar que mi esposa os contase la historia de su juventud, es bastante extraña.

—Encantado —contestó Walther y volvieron a sentarse frente a la chimenea.

Acababa de llegar la medianoche, la luna aparecía y desaparecía entre las nubes.

—No me tengáis por impertinente —comenzó a decir Bertha—, mi esposo dice que pensáis con tanta nobleza que sería injusto con vos esconderos algo. Tan solo, no toméis mi historia como un cuento, por muy extraño que parezca.

»Nací en un pueblo dentro de una pobre familia. Mi padre era pastor y la despensa de la casa no estaba demasiado bien surtida; muchas veces mis padres no tenían ni idea de dónde sacarían el pan. Pero lo que más me afligía era que a causa de esa pobreza mis padres discutían muy a menudo y se lanzaban el uno al otro amargos reproches. Si no, les oía constantemente hablar de mí, que si era una niña muy simple y tonta; que no sabía hacer ni las cosas más básicas. Realmente yo era muy torpe y poco habilidosa. Todo se me caía de las manos y no aprendí ni a coser ni a hilar. No sabía ayudar en ninguna tarea doméstica y entendía bien los problemas que mis padres tenían. Me solía sentar en un rincón y me imaginaba cómo podría ayudarlos si, de pronto, me hiciese rica; cómo los cubriría de oro y plata y lo que disfrutaría al ver su sorpresa. Entonces veía a unos espíritus venir hacia mí, me entregaban todo tipo de tesoros o me daban pequeños guijarros que se convertían en piedras preciosas. Me quedaba tan sumida en estas fantasías que cuando tenía que levantarme para ayudar o llevar algo, estaba mucho más torpe que antes, pues mi cabeza estaba llena de aquellas extravagantes ideas.

»Mi padre siempre estaba irritado conmigo por ser una carga tan inútil. Me solía tratar bastante mal y pocas veces recibí una palabra amable de él. Tenía unos ocho años cuando se tomó serias medidas para que hiciese o aprendiese algo. Pensaba que no hacía nada por pura terquedad y vaguería, que prefería pasar los días holgazaneando. Cansado, me lanzó las más horribles amenazas, pero como ni estas surtieron efecto, me azotó sin compasión, y me dijo que ese castigo sería diario, pues yo era una criatura inútil.

»Pasé toda la noche llorando amargamente. Me sentía tan abandonada, me daba tanta pena de mí misma, que tan solo deseaba morir. Temía el amanecer, no sabía qué podía hacer. Deseé tener todas las habilidades posibles y no podía entender porqué era la más inútil de todos los niños que conocía. Estaba al borde de la desesperación.

»Al despuntar el alba me levanté y casi sin darme cuenta abrí la puerta de nuestra pequeña cabaña. Estaba de pie, en mitad del campo, y un poco más tarde me encontraba en medio de un bosque en el que apenas entraba la luz del día. Caminé hacia delante y sin mirar atrás. No me sentía cansada, pues pensaba que mi padre me alcanzaría y, furioso porque me había escapado, me trataría con mayor crueldad que antes.

30 de septiembre de 2019

Los seis criados

Los seis criados - Die sechs Diener es el cuento número 134 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm.


Hace muchos años vivían una anciana reina, que era una bruja, y su hija, que era la más bella de todas. La anciana solo pensaba en diferentes maneras para deshacerse de todos los hombres que pedían su mano. Siempre que alguno llegaba, le decía que para conseguir casarse con ella debía realizar un trabajo; si fallaban, morirían. Muchos quedaban hechizados por la belleza de la princesa, mas ninguno pudo llevar a cabo la tarea que la anciana les encomendó, y murieron decapitados. El hijo de un rey, que también había escuchado hablar sobre la belleza de la muchacha, le dijo a su padre:

—Déjame que pida su mano.

—¡Jamás! —respondió el rey—. Si vas, firmaras tu sentencia de muerte.

Al poco tiempo el hijo del rey enfermó de gravedad. Estuvo en cama durante siete años, y ningún médico pudo ayudarle. Cuando el padre vio que ya no quedaba ninguna esperanza, y con el corazón lleno de tristeza, le dijo:

—Vete y prueba tu suerte. Ya no sé cómo ayudarte.

Cuando el hijo escuchó las palabras, se levantó del lecho completamente sano y emprendió el camino.

Ocurrió que, mientras cabalgaba por un erial, vio desde lejos algo en el suelo. Al acercarse se dio cuenta de que se trataba de la barriga de una persona que se encontraba tumbada bocarriba; una barriga tan grande como una montaña. Cuando el gordo vio al viajero se incorporó y le dijo:

—Si necesitáis un criado, tomadme bajo vuestro servicio.

—¿Y qué voy a hacer yo con un hombre tan rollizo? —preguntó el hijo del rey.

—¡Oh! Esto no es nada —contestó el gordo—. Si me estiro del todo puedo hacerme hasta trescientas veces más grande.

—En ese caso sí que puedo necesitarte —dijo el hijo del rey—. Ven conmigo.

Y así, el gordo siguió al hijo del rey. Viajaron durante un tiempo hasta que en un momento se encontraron con una persona que tenía puesta una oreja en la hierba.

—¿Qué haces ahí? —preguntó el hijo del rey.

—Escucho.

—¿Y qué escuchas con tanta atención?

—Escucho todo lo que pasa en el mundo. Nada se escapa a mis oídos, incluso oigo la hierba crecer.

—Dime, entonces. ¿Qué escuchas en la corte de la anciana reina que tiene una bella hija?

—Oigo el silbido de una espada al caer sobre la cabeza de un pretendiente.

—Puedo necesitarte. Ven conmigo.

Y así, los tres continuaron el camino hasta que vieron un par de pies y unas piernas, pero el final del cuerpo no pudieron divisarlo. Cuando ya habían andado bastante, llegaron, finalmente, al cuerpo y a la cabeza.

—¡Santo cielo! ¡Pero qué hombre más largo! —dijo el príncipe.

—¡Oh! Esto no es nada —respondió el largo—, si estiro mis piernas del todo puedo hacerme trescientas veces más largo. Soy más alto que la montaña más alta. Si me quisieseis emplear, os serviría encantado.

—Ven conmigo —dijo el hijo del rey—, seguro que te puedo necesitar.

Continuaron andando hasta que encontraron en el camino a alguien sentado con los ojos vendados.

—¿Tienes los ojos enfermos y la luz te molesta? —preguntó el príncipe.

—No —respondió el hombre—. No puedo quitarme la tela, pues todo lo que veo explota. Tan penetrante es mi mirada. Si en algo puedo ayudaros, os serviré encantado.

—Ven conmigo —dijo el hijo del rey—, puede que te necesite.

Siguieron andando hasta que encontraron un hombre que, a pesar de tener todo el cuerpo debajo del tórrido sol, tiritaba de manera violenta.

—¿Cómo puedes tener frío con lo potentes que son los rayos del sol? —preguntó el príncipe.

—¡Ahhh! Mi naturaleza es completamente diferente —respondió el hombre—. Cuanto más calor hace, más frío tengo. El hielo penetra en mis huesos. Y cuanto más frío hace, más calor tengo. En mitad del hielo me derrito de calor, y en mitad del fuego me congelo.

—Eres un muchacho maravilloso —dijo el hijo del rey—. Si quieres servirme, vente.

6 de noviembre de 2018

El pájaro de oro - Der goldene Vogel


Hace muchos, muchos años un rey tenía un hermoso jardín detrás de su palacio. Allí había un árbol que daba manzanas de oro. Estas eran contadas todos los días, pero una buena mañana una faltó y el rey ordenó que todas las noches alguien hiciese guardia debajo del árbol.

El rey tenía tres hijos, y cuando comenzó a oscurecer mandó al mayor al jardín. Sin embargo, cuando la media noche llegó, no pudo permanecer despierto, y por la mañana otra manzana había desaparecido.

En la siguiente noche el segundo hijo se quedó haciendo guardia, pero tampoco le fue mejor. Cuando dieron las doce se quedó dormido y a la mañana siguiente había otra manzana menos.

Era el turno del tercer hijo, estaba preparado, pero el rey no confiaba en él y pensaba que no lo iba a hacer mejor que sus hermanos. El chico insistió en tener su oportunidad, y finalmente el rey accedió a que hiciese guardia. Se tumbó debajo del árbol con la intención de que el sueño no le venciese. Cuando dieron las doce oyó un rumor en el aire y vio como, a la luz de la luna, un pájaro se acercaba, su plumaje de oro relucía.

El ave se posó en el árbol y en cuanto cogió una manzana el chico le lanzó una flecha. Sin embargo, el pájaro la esquivó, pero la flecha le dio en el plumaje y una pluma de oro cayó al suelo.

El joven se la guardó y a la mañana siguiente le contó al rey lo que había ocurrido. El rey convocó a su consejo y se declaró que una pluma como esa valía más que todo el reino.

—Si esta pluma es tan valiosa, no me vale solo con una —dijo el rey—, quiero el pájaro entero.

El hijo mayor se puso en camino, no era muy listo, y pensaba que el solo podría encontrar el ave. Cuando ya había recorrido un buen trecho, vio en la linde de un bosque a un zorro. Sacó la escopeta y se preparó para disparar.

—¡No me dispares! —gritó el zorro—. Si no lo haces te daré un buen consejo. Quieres atrapar al pájaro de oro y esta tarde llegarás a un pueblo donde hay dos posadas, una en frente de otra. Una es muy luminosa y de su interior salen risas. Pero no vayas allí, sino a la otra, aunque te parezca que tiene un peor aspecto.

—¡Cómo va a darme un estúpido animal un buen consejo! —pensó el hijo del rey. Disparó su escopeta pero falló en el tiro. El zorro se dio la vuelta y se adentró en el bosque.

El chico siguió andando y por la tarde llegó al pueblo donde había dos posadas, una enfrente de la otra. En una se cantaba y bailaba y la otra tenía un aspecto pobre y triste.

—Sería un tonto si me fuese a esa mísera posada —pensó.

Así que entró en la que estaba más animada y se unió a los cánticos de los comensales. Tanto se dejó llevar, que acabó por olvidarse de la búsqueda del pájaro de oro y de todas las enseñanzas que había recibido.

Cuando el tiempo pasó y el hijo mayor no regresaba, el segundo hermano se puso en camino.

11 de junio de 2018

El mayal del cielo - Der Dreschflegel vom Himmel


Erase una vez un campesino que cada día salí a arar junto con sus dos bueyes. Un día, cuando llegó al campo, los cuernos de los animales comenzaron a crecer, y crecer. Para cuando regresó a casa, eran tan grandes que no cabían por la puerta.

Para su suerte en ese momento llegó un carnicero. El campesino le dio los bueyes e hicieron un trato: el campesino le daría un puñado de semillas de colza y el otro le pagaría por cada grano un tálero. ¡A esto lo llamo yo una buena compra!

El campesino fue a su casa y se trajo las semillas al hombro, pero en el camino perdió una semillita. El carnicero, por su parte, le pagó la cantidad adecuada y si el campesino no hubiese perdido la semilla, habría tenido un tálero más.

Cuando el campesino regresó a su casa, de la semilla había crecido un árbol tan grande que llegaba hasta el cielo.

«Ya que tienes esta oportunidad deberías aprovecharla y ver con tus propios ojos qué es lo que hacen los ángeles allí arriba» pensó el campesino.

Así que subió por el tronco y vio que los ángeles estaban trillando avena. Se quedó mirándolos cuando se dio cuenta de que el árbol al que estaba subido se tambaleaba. Miró hacia abajo y vio que un hombre estaba intentado cortarlo.

«Si caes desde esta altura te darás un golpe muy serio» pensó el campesino.

Con la urgencia no se le ocurrió otra cosa que coger la paja de la avena que se había ido acumulando y hacerse una cuerda con ella. También tomó una azada y un mayal que estaban allí arriba y se dejó caer por la cuerda. Cuando llegó al suelo cayó en un agujero muy profundo, y tuvo suerte de llevar la azada consigo pues se puedo construir una escalera con la que salir. Y como llevaba el mayal que había tomado en el cielo, nadie dudó de su historia.



El mayal del cielo - Der Dreschflegel vom Himmel, es el cuento número 112 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm.

Debo decir que el cuento me ha parecido de lo más extraño. No tiene una estructura clara y las escenas se enlazan entre sí sin que haya nada que realmente las una. ¿Qué pintan los cuernos enormes de los bueyes en el relato? ¿Y el trato de lo más extraño que hace con el carnicero? Que además, ya le ha dado a los animales…

Tampoco termino de entender cómo aparece el profundo hueco en el que aterriza ni que por tener el mayal, que es un instrumento que se utiliza para trillar cereales, nadie dude de su historia.

No le veo la moraleja, ni el sentido, ni… No sé, no veo nada en este cuento.

¿Qué os ha parecido a vosotros? ¿Qué habéis entendido?

¿Lo conocíais?
________


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado... pero aún quedan muchos más cuentos que leer, muchas historias por recordar y otras tantas por descubrir. ¿Te vienes? Cuentos de los hermanos Grimm.

¡Un saludo!



1 de marzo de 2018

Blancanieve y Rojaflor - Schneeweißchen und Rosenrot

Erase una vez una pobre viuda que vivía en una pequeña cabaña solitaria. Delante de ella había un jardín con dos rosales, uno de ellos daba rosas blancas y el otro rosas rojas.

La viuda tenía dos hijas que se parecían a los dos rosales, una se llamaba Blancanieve y la otra Rojaflor. Las niñas eran tan buenas y piadosas, tan trabajadoras y perseverantes como ningún otro niño lo había sido.

Blancanieve era más callada y amable que su hermana. Rojaflor prefería saltar y correr en la hierba y los prados, recoger flores y cazar pájaros. A Blancanieve le gustaba sentarse con su madre y le ayudaba a realizar los quehaceres de la casa, pero cuando no había nada que hacer le leía libros en voz alta.

Las dos niñas se querían tanto que siempre que salían de la casa iban tomadas de la mano.

—Jamás nos separaremos — decía Blancanieve.
—No, mientras vivamos — respondía Rojaflor.
—Lo que una tiene debe compartirlo con la otra — decía la madre sentada su lado.

Algunas veces las niñas iban solas al bosque y buscaba frutos rojos. Ningún animal les hacía daño, más bien al contrario, se acercaban confiados. La liebrecilla comía hojas de col de sus manos, el corzo pacía a su lado, el cervatillo saltaba con alegría alrededor de ellas y los pájaros se quedaban posados en las ramas de los árboles y cantaban lo que las hermanas les pedían.

Nunca ocurrió ningún accidente. Si algún día se les hacía tarde y oscurecía cuando aún estaban en el bosque, se tumbaban juntas encima del musgo y dormían hasta que se hacía de día. La madre sabía que no les iba a pasar nada y nunca se preocupaba.

En una de estas ocasiones en las que durmieron en el bosque y los primeros rayos del sol las despertaron se encontraron con un niño sentado a su lado. Era muy bonito y llevaba puesto un precioso vestido blanco que relucía. Las miraba en silencio con alegría y una sonrisa en la cara. Cuando las niñas lo vieron se levantó y comenzó a andar adentrándose en el bosque. Las niñas miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que habían dormido al borde de un precipicio, si en la oscuridad hubiesen dado un paso más se habrían caído al abismo. La madre les dijo que aquel niño debía de ser un ángel de la guarda que cuidaba de los niños buenos.

Blancanieve y Rojaflor tenían la cabaña de su madre tan limpia que era una alegría verla. En verano Rojaflor se ocupaba de la casa, todas las mañanas, antes de que su madre despertara ponía un ramo de flores delante de su cama, y siempre colocaba en él una rosa de cada uno de los rosales.

En invierno Blancanieve encendía la chimenea y colgaba un caldero encima del fuego. El caldero, que era de latón, estaba tan limpio y pulido que relucía como el oro. Por las noches, cuando los copos de nieve caían la madre decía:

— Ve, Blancanieve, echa el cerrojo.

Y luego se sentaban las tres al calor de la chimenea. La madre tomaba sus gafas y comenzaba a leer en voz alta un libro. Las niñas se quedaban a su lado y escuchaban atentas. A su lado había un corderillo tumbado en el suelo, y detrás de ellas una blanca palomilla estaba posada en una percha con la cabeza metida debajo del ala.

Una noche en la que se encontraban así reunidas alguien llamó a la puerta y preguntó si podía unirse.

—Ve a abrir Rojaflor, será un caminante que busca refugio – dijo la madre.

La hija hizo lo que la madre dijo, al abrir pensó que era un hombre pobre, pero no lo era. Era un oso que asomó su gran cabeza negra por la puerta. Rojaflor pegó un fuerte grito y se alejó de un salto. El corderillo se puso a balar, la palomita comenzó a batir sus alas y Blancanieve se escondió detrás de la cama de su madre.

19 de octubre de 2017

El perro y el gorrión - Der Hund und der Sperling

Un perro pastor tenía un mal amo que le dejaba morirse de hambre. No podía aguantar mucho más esa situación, así que triste y con pesar decidió marcharse. En la calle se encontró un gorrión.

— Hermano perro ¿por qué estás tan triste?
— Tengo hambre y nada que comer.
— Querido hermano vente conmigo a la ciudad y allí podrás comer hasta saciarte — respondió el gorrión.

Los dos emprendieron camino a la ciudad hasta que se encontraron delante de una carnicería.

— Quédate ahí — le dijo el gorrión—. Haré caer a picotazos un trozo de carne.

El gorrión miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo veía, voló hasta el mostrador y fue picoteando un trozo de carne hasta que esta cayó al suelo. El perro lo cogió, se lo llevó a una esquina y se le comió al instante.

— Vamos a otra tienda. Te bajaré otro trozo para que te quedes bien lleno — dijo el gorrión.

Cuando el perro se comió el segundo trozo el gorrión le preguntó que si ya estaba saciado.

— De carne sí — respondió el perro — pero me falta el pan.
— Pues vayamos a por él.

Se dirigieron a una panadería y el gorrión fue picoteando unos panes hasta que estos rodaron al suelo. El perro se los comió al momento y cuando quiso más fueron a otra tienda.

— Hermano perro ¿ya estás lleno? — preguntó el gorrión.
— Sí — respondió el perro—. Vamos a dar una vuelta por las afueras de la ciudad.

Salieron por la carretera y comenzaron a andar. Era un día muy caluroso y después de doblar una esquina el perro habló.

— Estoy cansado y me gustaría descansar.
— Está bien, duerme — dijo el gorrión—. Yo me posaré en una rama.

El perro se tumbó en la carretera y se quedó dormido al momento.

Mientras el perro dormía pasó por el camino un carro tirado por tres caballos que transportaban dos toneles de vino. El gorrión vio que el carretero no tenía la intención de girar y si no lo hacía atropellaría al perro.

— ¡Carretero, no lo hagas o te arruinaré! — gritó el gorrión.
— No serás tú quien lo consiga — dijo el carretero.

Azuzó a los caballos con su látigo y el carro pasó por encima del perro matándolo al instante.

— ¡Has matado a mi hermano perro, te costará el carro y los caballos!
— Si claro, el carro y los caballos — se burló el hombre —. ¿Qué puedes hacerme tú?

El carretero siguió su camino ignorando al gorrión, pero este lo siguió. Sin que el hombre se enterase se metió por debajo de la lona que cubría los toneles y comenzó a picotear el tapón hasta que este se soltó y el vino comenzó a salir.
Al cabo de un buen rato el carretero miró hacia atrás y cuando vio como el vino iba goteando del carro se bajó para examinar los toneles. Mala suerte la suya al darse cuenta de que uno de ellos estaba vacío.

— ¡Ay! ¡Pobre de mí! — exclamó el hombre.
— ¡No lo suficiente! — dijo el gorrión. Se lanzó contra uno de los caballos, se posó sobre su cabeza y le picó los ojos hasta que se los sacó.

El carretero sacó su azada y quiso darle al gorrión con ella, pero el pájaro lo esquivó y golpeó al caballo en el suelo. El pobre animal cayó al suelo muerto.

— ¡Ay! ¡Pobre de mí! — exclamó el hombre.
— ¡No lo suficiente! — dijo el gorrión.


Cuando el carretero quiso seguir su camino con los dos caballos que le quedaban el gorrión volvió a meterse por debajo de la lona y picoteó el tapón del segundo tonel hasta que se soltó y el vino comenzó a salir.

— ¡Ay! ¡Pobre de mí! — exclamó el hombre al darse cuenta de que el segundo tonel también estaba vacío.
— ¡No lo suficiente! — dijo el gorrión. Se lanzó contra otro de los caballos, se posó sobre su cabeza y le picó los ojos hasta que se los sacó.

El hombre volvió a atacar al gorrión con la azada pero el pajarillo esquivó el golpe y el carretero acertó en el cuello de su propio caballo, que cayó al suelo muerto.

— ¡Ay! ¡Pobre de mí! — exclamó el hombre.
— ¡No lo suficiente! — dijo el gorrión. Se lanzó contra el tercer caballo, se posó sobre su cabeza y le picó los ojos hasta que se los sacó.

El carretero enfurecido lanzó un nuevo azadonazo contra el gorrión, pero este lo esquivó y el tercer caballo cayó al suelo muerto.

— ¡Ay! ¡Pobre de mí! — exclamó el hombre.
— ¡No lo suficiente! Ahora voy a arruinar tu casa — dijo el gorrión y salió volando.

El hombre tuvo que dejar el carro en el camino y lleno de furia comenzó a andar hacia su casa.

— ¡Ay! ¡Qué día más desgraciado he tenido! — le dijo al llegar a su mujer —. El vino se ha perdido y los tres caballos están muertos.
— ¡Ay! ¡Esposo! ¡Qué malvado gorrión ha entrado en casa! — dijo la mujer —. Ha traído a todos los pájaros del mundo y ahora están en el granero comiéndose todo nuestro trigo.

El hombre subió hasta allí y vio a cientos y cientos de pájaros en el suelo picoteando el trigo. En medio de todos ellos se encontraba el gorrión.

— ¡Ay! ¡Pobre de mí! — exclamó el hombre.
— ¡No lo suficiente! — dijo el gorrión—. ¡Te costará la vida!

El pajarillo se lanzó contra el hombre y este, que había perdido toda su suerte bajó del granero y se sentó, colérico y mohíno, al lado del horno.
El gorrión lo vio por la venta y le gritó desde el exterior.

— ¡Carretero, te costará la vida!

El hombre tomó su azada y se lanzó en su dirección pero tan solo consiguió partir el marco de la ventana en dos sin darle al pajarillo.
El gorrión entró al interior, se apoyó sobre la estufa y volvió a gritar.

— ¡Carretero, te costará la vida!


El hombre, ciego de furia, golpeó la caldera partiéndola en dos. Pero el pájaro volvió a escapar y se apoyó en otro mueble. Y así el hombre fue arremetiendo contra todo en un desesperado intento de darle al gorrión: todos los muebles, los espejos, bancos, mesas y hasta las paredes fueron destruidos. Hasta que al final consiguió atrapar al pájaro con la mano.

— ¿Deberíamos matarlo ahora? — le preguntó su mujer.
— No. Sería una muerte demasiado dulce — respondió—. Tiene que sufrir. Quiero comérmelo.

El carretero se metió el gorrión en la boca y se lo tragó de un solo bocado. Pero el pájaro comenzó a agitarse y a aletear dentro del cuerpo de su hasta que llegó de nuevo a la boca y salió.

— ¡Carretero, te costará la vida!
— Mujer, dale en toda la boca — le pidió el hombre a su mujer entregándole su azada.

La esposa lanzó un golpe, pero falló y le dio de lleno al carretero en la cabeza que cayó al suelo muerto y el gorrión salió volando lejos de allí.



Hace ya mucho que dejé de sorprenderme por las historias macabras que podemos encontrar en los cuentos de hermanos Grimm y este no es para nada una excepción.

El carretero no es la mejor persona del mundo, mata al pobre perro así sin más. Pero el gorrión es un demonio lleno de sed de venganza, pobres caballos, ¿qué culpa tendrían ellos? Y además no se conforma con quitarle al hombre todo su sustento, hasta que no lo mata y lo hace sufrir no se queda satisfecho.

Otra de las cosas que algunas veces me llaman la atención de estos cuentos son los títulos, pues algunas veces no estoy de acuerdo con ellos. Sin el perro no habría cuento pero para mí los dos protagonistas son el gorrión y el carretero y me parecería un título más acertado.

Sobre moralejas, ¿el karma siempre te devuelve la jugada? ¿Cuidado con los gorriones vengativos?

¿Qué opináis vosotros? ¿Conocíais este cuento? ¿Qué os ha parecido?

El perro y el gorrión - Der Hund und der Sperling, es el cuento número 58 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm.

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Y colorín colorado, este cuento se ha acabado... pero aún quedan muchos más cuentos que leer, muchas historias por recordar y otras tantas por descubrir. ¿Te vienes? Cuentos de los hermanos Grimm.

¡Un saludo!



6 de febrero de 2017

La reina de las abejas

Los dos hijos de un rey partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida tan salvaje y caótica que nunca más volvieron a casa.

El tercer hijo del rey, el más pequeño, al que llamaban Tontito emprendió camino en busca de sus hermanos.

Cuando por fin los encontró estos se burlaron de él. ¿Cómo pretendía él, con lo tonto que era, abrirse camino en el mundo cuando ellos, que eran mucho más inteligentes, no lo habían conseguido?

Los tres juntos continuaron el viaje hasta que llegaron a un hormiguero. Los dos mayores quisieron destruir el nido de las hormigas y divertirse viendo como los animalillos eran presas del pánico e intentaban poner los huevos a salvo. Pero Tontito se opuso a la idea.

— Dejad a los animales en paz, no permitiré que los matéis.


Los tres siguieron andando hasta que llegaron a un lago en el que nadaban muchos patos. Los dos hermanos mayores quisieron cazar unos cuantos y asarlos, pero Tontito se opuso a la idea.

— Dejad a los animales en paz, no permitiré que los molestéis.



Siguieron andando hasta que llegaron a una colmena de abejas tan llena de miel que esta fluía por el tronco del árbol en la que se encontraba. Los dos hermanos mayores quisieron encender un fuego debajo de la colmena para espantar a las abejas y así poder comerse la miel. Pero Tontito los volvió a detener.

— Dejad a los animales en paz, no permitiré que los queméis.


Los tres hermanos continuaron su camino hasta que al final llegaron a un palacio en cuyas cuadras había caballos de piedra, pero ni una sola persona por los alrededores. Recorrieron todas las salas hasta que llegaron a una puerta con tres cerrojos, pero en el centro había una pequeña ventanita desde la que podían ver el interior de la habitación.

31 de octubre de 2016

La hija de la Virgen María - Marienkind

A la entrada de un enorme bosque vivía un leñador con su mujer. La pareja tenía un solo hijo, una niña de tres años. La familia era tan pobre que carecían de pan diario para poder mantener a su hija.

Un día partió el leñador al trabajo lleno de preocupaciones y cuando se encontraba talando un árbol se apareció delante de él una bella y alta mujer que llevaba una corona que resplandecía como la luz de las estrellas.

— Soy la Virgen María, la madre de Cristo - le dijo al leñador - tú eres un pobre hombre necesitado. Tráeme a tu hija, me la llevaré, seré su madre y me ocuparé de ella.

El leñador obedeció, le entregó su hija a la Virgen María y esta se la llevó consigo al cielo.


A la niña le fue muy bien, comía pan con azúcar y bebía leche dulce. Sus ropas eran de oro y los angelitos jugaban con ella.
Cuando cumplió los 14 años la Virgen María la hizo llamar.

— Querida niña, tengo un largo viaje que hacer. Así que te dejo la custodia de las trece llaves de entrada al reino de los cielos. Doce de ellas puedes abrirlas y contemplar las maravillas que dentro se esconden. Pero la trece, a la que pertenece la llave pequeña, esa te está prohibida. Guárdate bien de abrirla, si lo haces te llegarán muchas desgracias.

La niña prometió ser obediente y en cuanto la Virgen María se marchó fue directa hasta el reino de los cielos.

Cada día fue abriendo una puerta hasta llegar a la número doce. En cada una de ellas había un apóstol rodeado de un gran resplandor. La niña quedó maravillada con toda la magnificencia y la suntuosidad con la que se iba encontrando.
Al final tan solo quedó la puerta prohibida por abrir y la niña tenía muchas ganas de saber que era lo que allí detrás se escondía.

Los ángeles habían ido acompañando a la niña durante todo el camino y cuando se encontraba delante de la última puerta se dirigió a ellos.

— No quiero abrirla del todo y tampoco quiero entrar, pero para ver qué es lo que hay dentro tengo que abrirla al menos un poco.
— ¡No! - gritaron todos los ángeles - Eso sería un pecado. La Virgen María lo ha prohibido y la desgracia vendrá rápidamente.

La niña no dijo nada y se quedó callada, pero la curiosidad y el deseo latían con tanta fuerza en su interior que no la dejaban tranquila.

Cuando los ángeles se fueron de allí pensó:

— Bueno, estoy completamente sola, podría echar un pequeño vistazo. Nadie se enterará si lo hago.

Sacó la llave, la introdujo en la cerradura y la giró. En ese momento la puerta se abrió de golpe y en medio del fuego y un luminoso resplandor apareció la Trinidad. La niña se quedó asombrada y durante unos segundos no fue capaz de reaccionar. Luego se acercó poco a poco, alargó un dedo y con cuidado tocó el resplandor, pero en cuento rozó la brillante luz su dedo se convirtió en oro.

Un gran miedo se apoderó de la niña, cerró con fuerza la puerta y corrió de allí. Pero aun así el miedo no quiso apartarse de ella, sin importar lo que hiciese su corazón latía con intensidad y no podía apaciguarlo. Su dedo también permanecía dorado, y por más que lo lavó y frotó no consiguió regresarlo a la normalidad.

7 de julio de 2016

Las tres hojas de la serpiente - Die drei Schlangenblätter

Erase una vez un hombre tan pobre que no tenía que darle de comer a su único hijo.

— Querido padre, conmigo vuestra vida es muy miserable y tan solo soy una carga - dijo el hijo - lo mejor sería que me fuese y me ganase el pan por mí mismo.

El padre le dio su bendición, y con mucho pesar se despidió de su amado hijo.

Por aquellos días el Rey estaba en guerra con un poderosos reino vecino, así que el muchacho decidió alistarse en el ejército y partió a la guerra.
Tan pronto llegó al campo de batalla se vio envuelto en un combate, el peligro en el que se encontraba era muy grande, de todos lados llovían balas y sus compañeros iban cayendo a su alrededor. Cuando el general también cayó el resto de soldados se prepararon para huir, pero el muchacho se puse delante de ellos y dio un discurso alentador.

— ¡No vamos a permitir que nuestra patria se hunda!

Y junto con el resto de soldados se lanzaron de nuevo a la batalla con más valor que nunca hasta que acabaron con todos los enemigos.

Cuando el Rey escuchó que la victoria solo se la debía a él, ascendió al muchacho por encima de todos los demás. Le entregó grandes tesoros y le nombró el primero del reino.
El Rey tenía una hija muy hermosa, pero era también muy caprichosa. La princesa había hecho un voto, tan solo tomaría por marido a aquel que prometiese, que en el caso de que ella murieses antes él se haría enterrar vivo con ella.

— Eso significa que me quiere con todo su corazón - decía la princesa - Si yo ya no estoy ¿para qué querría seguir viviendo?

Ella había hecho la misma promesa, y si él moría antes que ella, se comprometía a ser enterrada viva junto a su marido.
Hasta ahora ese voto había mantenido a todos los candidatos apartados del altar, pero nuestro muchacho se había quedado prendado de su belleza y sin pensarlo le pidió su mano al Rey.

— ¿Conoces el voto que mi hija ha hecho? - preguntó el padre de la joven - ¿sabes que es lo que tienes que prometer?
— Sé que tengo que ir a la tumba con ella si la sobrevivo - respondió el muchacho - pero la amo tanto que ese peligro no me importa.

El Rey aceptó al muchacho y la boda se celebro con gran esplendor.

15 de junio de 2016

El sastrecillo valiente - Das tapfere Schneiderlein

En una mañana de verano un sastrecillo estaba sentado sobre su mesa y cosía con amor cuando la mujer de un campesino pasó por la calle gritando:

— ¡Rica mermelada barata! ¡Rica mermelada barata!

Esas palabras le sonaron divinas y asomándose por la ventana llamó a la mujer:

— ¡Aquí buena mujer! ¡Aquí podrá vender sus productos!

La mujer subió las escaleras hasta llegar a donde se encontraba el sastrecillo cargada con su pesada cesta. Cuando llegó el sastre le hizo abrir todos los frascos, los inspeccionó uno por uno acercándoselos a la nariz y luego habló:

— Esta mermelada parece de buena calidad, pésame cuatro onzas buena mujer, y si te pasas del cuarto de libra no pasará nada.

La mujer, que esperaba una mejor venta, le dio al sastrecillo lo que había pedido y se marchó de la casa malhumorada.

— Parece que Dios me ha bendecido con esta mermelada - dijo el sastre - me dará fuerza y salud.

Del armario sacó una barra de pan, cortó una rebanada y untó un poco de mermelada sobre la superficie.

— Seguro que no sabe amargo - dijo el sastrecillo - pero antes de probar un bocado tengo que terminar el jubón.

Así que dejó la rebanada a un lado y como estaba tan contento las puntadas le iban saliendo cada vez más largas.
Mientras tanto el dulce aroma fue ascendiendo por la pared donde un gran número de moscas estaban sentadas, y estas, atraídas por el olor, bajaron en tropel.

— ¡Ey! ¿quién os ha invitado? - gritó el sastrecillo tratando de espantar a tan indeseados huéspedes.

Las moscas, que no entendían el idioma, volvían una y otra vez en grupos cada vez más numerosos.
Al final el sastrecillo perdió la paciencia, de debajo de su mesa sacó un paño y gritó:

— ¡Esperad! ¡Yo mismo os serviré!

Y sin piedad descargó un buen golpe sobre ellas.


Cuando levantó el paño contó las que había alcanzado, por lo menos siete de ellas estaban muertas.

— ¡Qué prodigio! - exclamó el sastrecillo maravillándose de su propia audacia - esto tiene que saberlo toda la ciudad.

Se cortó un cinturón, lo cosió y le bordó en grandes letras un cartel:

Siete de un golpe.

23 de abril de 2016

Märchenwald

Erase una vez un bosque de cuentos...

En Altenberg, un pequeño pueblecito ubicado a unos 30km al noreste de Colonia, se encuentra el , un bosque donde están representados diferentes cuentos de los hermanos Grimm.
Märchenwald

Todo comenzó en 1931 cuando Wilhelm Schneider abrió al público este pequeño bosque donde había recreado en unas casitas siete cuentos de su infancia.


Unos años más tarde se inauguró el Restaurant-Cafe Märchenwald y en 1956, en ese mismo restaurante, se instaló la Tanzenden Fontänen, una fuente con luces y colores en la que el agua va haciendo diferentes formas.

Los cuentos que en el año 2016 hay disponibles son 18:

¿Podréis adivinar qué cuento está representado sin leer el título?


Die Gänsemagd - La pastora de ocas



Der Froschkönig - El príncipe rana o Enrique el Férreo






Aschenputtel - La Cenicienta



Die 7 Raben - Los 7 cuervos





Schneewittchen - Blancanieves



Frau Holle - Madre Nieve



Der gestiefelte Kater - El gato con botas




Tischlein deck dich - La mesa, el asno y el bastón maravillosos



Der Wolf und die 7 Geisslein - El lobo y los 7 cabritillos



Die Bremer Stadtmusikanten - Los músicos de Bremen







Rotkäppchen - Caperucita roja



Schneeweißchen und Rosenrot - Blancanieve y Rojaflor



Brüderchen und Schwesterchen - Los dos hermanitos



Das tapfere Schneiderlein - El sastrecillo Valiente



Dornröschen - La Bella Durmiente


Dirección:
Märchenwald Altenberg
Märchenwaldweg 15
51519 Odenthal-Altenberg
Tel: 02174-40454



Horarios:
De marzo a octubre, todos los días desde las 10 a las 18 horas.
De Noviembre a febrero, todos los días desde la 10 hasta las 16 horas.
Pero dado que es al aire libre el tiempo puede hacer que los horarios varíen. Para asegurarse si ese día está cerrado recomiendan visitar la página de facebook del bosque: Märchenwald Altenberg

Precios:
Adultos 4€
Niños de 3 a 14 años 3,50€
Más la cuota del aparcamiento que no lo dicen en la página, 3€ por coche.


Opinión personal:
Soy una gran aficionada a los cuentos de los hermanos Grimm y en cuanto me enteré de la existencia de este bosque planeé su visita.
Antes de nada busqué opiniones en internet, pues en la página que tienen ellos todo parecía demasiado bonito.
Me encontré con muchos comentarios dispares, a algunos les había encantado, a otros les había parecido aburrido y mucha gente decía que todo está descuidado. Así que fui con un cierto miedo.

El bosque me pareció pequeño pero bien cuidado, aunque algunas cosas estaban en reparación. Se ve que han visto las críticas en internet y se están poniendo las pilas.

El tema de los cuentos me pareció curioso. Cada historia tiene su casita, y en ella hay un cuento representado. Algunas cosas se mueven y si le das a un botón un narrador te cuenta el cuento, aunque la versión para niños, por supuesto, en La Cenicienta no hay pies sangrantes.

Aunque la representación del cuento de La mesa, el asno y el bastón maravillosos Tischlein deck dich es bastante graciosa y un tanto siniestra...


Cuando fuimos había cabras y conejos, así como comida para alimentarlos. Aunque me parece que no son los únicos animales, hay más zonas valladas y preparadas, pero en ese momento estaban vacías.


Fuimos sin niños, aunque allí había muchas familias con sus hijos y no parecía que ninguno se lo estuviese pasando mal. Hay algún que otro parque infantil y el poder darle de comer a las cabras es un gran aliciente.

De la calidad del restaurante no puedo decir nada. Estuvimos un cuarto de hora esperando a que nos atendiesen y aunque el camarero nos vio no nos trajo la carta, así que nos fuimos...
De todas formas, vi que mucha gente se llevó sus bocadillos. En el bosque hay un par de mesas de madera donde comer y el lugar es agradable.

En general me gustó el sitio, pasé un rato divertido, pero tampoco creo que vaya a repetir.


¿Alguien ha visitado alguna vez este bosque de cuentos? ¿Qué os pareció?

Por lo que he podido averiguar este no es el único bosque donde hay cuentos representados, me parece que en Alemania hay unos cuantos más repartidos por todo el país. Si os interesa ir tan solo tenéis que poner en Google "Märchenwald" y vuestra región y allí os saldrá.

¿Habéis ido a algún bosque de cuentos?

No me podría despedir sin hacer aunque sea mención al castillo de los cuentos por excelencia. No fue construido con ese fin, pero el Neuschwanstein siempre será el castillo de ensueño.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Un saludo!!




18 de abril de 2016

La llave de oro - Der goldene Schlüssel

Durante los días de invierno, cuando una espesa capa de nieve cubría todo, un muchacho pobre tuvo que salir con el trineo en busca de leña. Cuando hubo recogido la suficiente madera como para poder sobrevivir durante unos días, estaba tan congelado que decidió encender un fuego para calentarse, y más tarde poner camino hacia su casa.

Fue haciendo un agujero en la nieve hasta que llegó a la tierra. Y cual fue su sorpresa cuando encontró una pequeña llave de oro.

El muchacho se puso a pensar de donde sería aquella bonita llave. Si allí había una llave, cerca tendría que estar su cerradura.

Escarbó por los alrededores hasta que al poco tiempo encontró una pequeña cajita de hierro.


— ¡Si la llave fuese de esta caja! - pensó el muchacho - seguro que hay muchísimas cosas de valor ahí dentro.

Pero por más que buscó y buscó no había ninguna cerradura donde introducir la llave. Al final, tras muchos intentos encontró un pequeño agujero que era apenas visible. Por suerte la llave pasó en la cerradura.

Luego giró la llave y tendremos que esperar a que abra del todo la tapa para saber que hay en el interior. Entonces sabremos que maravillosas cosas se esconden en la pequeña cajita de hierro.





Y si acaba el cuento... que intriga, te deja con toda la miel en los labios. ¿Qué habrá dentro?

No conocía la existencia de esta historia, y creo que es uno de los cuentos más peculiares que he leído hasta ahora.

¿Vosotros lo conocíais? ¿Qué os ha parecido?

La llave de oro - Der goldene Schlüssel, es el cuento número 200 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm.

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Y colorín colorado, este cuento se ha acabado... pero aún quedan muchos más cuentos que leer, muchas historias por recordar y otras tantas por descubrir. ¿Te vienes? Cuentos de los hermanos Grimm.

Un saludo!!


16 de marzo de 2016

Pulgarcito - Daumesdick

Erase una vez un pobre campesino que por las noches se sentaba al lado de la lumbre y avivaba el fuego mientras que su mujer, a su lado, hilaba.

— ¡Que triste es no tener hijos! - se lamentó el hombre - Aquí siempre está todo muy tranquilo, en otras casas tienen ruido y diversión.
— Sí - asintió su mujer y soltó un suspiro - aunque solo fuera uno, aunque fuese pequeñito, del tamaño del pulgar. Aún así estaría satisfecha y lo queríamos con todo nuestro corazón.

Sucedió un día que la mujer enfermó y siete meses más tarde trajo al mundo un niño, que aunque estaba perfectamente formado, con todos sus miembros, no era más grande que un pulgar.

— ¡Ha sucedido tal y como lo habíamos deseado! Lo querremos como a nada en el mundo.

Y así, en honor a su tamaño, le llamaron Pulgarcito.

No escatimaron en alimentos, pero a pesar de todo el niño no creció más y se quedó como en sus primeras horas de vida. Tenía una mirada avispada y pronto se mostró como un niño curioso con la capacidad de salirse con la suya cuando se proponía hacer algo.

Un día en el que el campesino se disponía a ir al bosque en busca de leña dijo para sí mismo en voz alta: Si tuviese a alguien que me llevase el carro.

— ¡Padre! Yo te lo llevaré - exclamó Pulgarcito - estará en el bosque a la hora debida.

El padre se rió ante la ocurrencia del chico.

— ¿Y se puede saber cómo lo harás? Eres demasiado pequeño y no podrás manejar las riendas del caballo.

— Eso no será ningún problema padre - aseguró Pulgarcito - tan solo necesito que madre me suba a la cabeza del caballo. Me sentaré en su oreja y le diré a donde tiene que ir.

— Bueno, al menos una vez podríamos probarlo - dijo el padre.

Cuando la hora de salir llegó la madre sentó a Pulgarcito en la oreja del caballo y este comenzó a guiarlo por el bosque. ¡Arre! ¡Sooo!

Todo salió perfecto, el pequeño llevó al caballo por el camino sin ningún problema, como si fuese un maestro de equitación. Pero resultó que mientras doblaba una esquina Pulgarcito gritó "¡Arre! ¡Arre!" y dos hombres extraños pasaron delante de ellos.

— ¡Santo Dios! ¿Qué es eso? - gritó uno de ellos - Por ahí va un carro y el carretero le grita al caballo ¡pero al hombre no se le ve por ninguna parte!

— Seguro que es brujería - dijo el otro - Sigamos al carro y veamos a donde nos lleva.

El carro siguió su camino adentrándose en el bosque hasta llegar al lugar acordado, donde el padre estaba cortando la leña.

Cuando Pulgarcito vio a su padre le llamó.

— ¿Ves padre? Aquí estoy con el carro. Ya puedes bajarme.

El padre agarró el caballo con la mano izquierda y con la derecha bajó a su hijo del animal y lo sentó sobre la paja.

Cuando los dos hombres vieron a Pulgarcito se quedaron completamente asombrados.

— Escucha, ese pequeño muchacho podría ser la solución de nuestros problemas - dijo uno de ellos - si nos lo llevamos a la ciudad podríamos exhibirlo y ganaríamos una enorme fortuna. ¡Comprémoslo!

Así que se acercaron al campesino y le hicieron la propuesta.

— Véndenos al muchacho, le irá bien con nosotros.
— No - dijo el padre con rotundidad - es lo mejor de mi vida y no lo vendería ni por todo el oro del mundo.

Pero Pulgarcito había escuchado la oferta y agarrándose a los pliegues del abrigo de su padre fue escalando hasta llegar a su hombro y le susurró al oído.

— Padre, déjame ir. Te aseguro que volveré.

Por una buena suma de dinero el padre les entregó a Pulgarcito.

— ¿Dónde te quieres sentar? - le preguntaron los hombres.
— Me sentaré en el borde de vuestro sombrero. Así podré andar un poco e iré viendo el paisaje. Pero no os preocupéis, no voy a caerme.

Los hombres cumplieron su deseo y cuando Pulgarcito se despidió de su padre se pusieron en marcha.
Anduvieron hasta que el sol comenzó a ponerse y entonces Pulgarcito habló.

— Dejadme bajar un momento, es muy urgente.
— ¡Bah! Quédate donde estás - dijo el hombre en cuyo sombrero iba sentado el muchacho - no me voy a enfadar. Los pájaros también sueltan cosas de vez en cuando.
— ¡No! - insistió Pulgarcito - yo no soy como ellos, yo tengo educación. ¡Bájame!

El hombre se quitó el sombrero y dejó al muchacho en el campo que había al borde del camino.

Cuando estaba en el suelo Pulgarcito saltó y corrió por el terreno hasta una madriguera que anteriormente había divisado y se metió en el interior.

—¡Buenas noches señores, pueden seguir su camino a casa sin mí! - gritó Pulgarcito.

Los hombres se lanzaron a la madriguera y con un palo buscaron en su interior, pero el muchacho estaba muy en el fondo y todo fue en vano. Cuando la noche cayó los hombres desistieron. Con un gran enfado y las bolsas de dinero vacías comenzaron de nuevo a caminar.

Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que los hombres se habían marchado salió de la madriguera.

— Es muy peligroso andar por el terreno de labrar durante la noche - se dijo a si mismo - es muy fácil caerse y romperse la crisma.

Por suerte se encontró con la "casa" vacía de un caracol y pudo meterse dentro.

— ¡Bendito Dios! - exclamó el muchacho - aquí podré pasar la noche y estaré seguro.

Poco tiempo después, cuando estaba a punto de quedarse dormido, escuchó las voces de dos hombres que pasan por allí.

—¿Qué es lo que podríamos hacer para llevarnos el oro y la plata del cura?
— Eso puedo decírtelo yo - gritó Pulgarcito.
— ¿Qué fue eso? - preguntó asustado uno de los ladrones - escuché a alguien hablar.

Los hombres se quedaron parados en el sitio y afinaron el oído. Entonces Pulgarcito volvió a hablar.

— Llevadme con vosotros y os ayudaré.
— ¿Dónde estás?
— Busca en la tierra y guíate hacia donde proviene la voz.

Finalmente el ladrón encontró al muchacho y lo levantó en el aire.

— Tú, pequeño duendecillo. ¿Cómo crees que nos puedes ayudar? - preguntaron los ladrones escépticos.
— Muy fácil - respondió Pulgarcito - me puedo colar por los barrotes de la habitación del cura e iros pasando todo lo que queráis llevaros.
— Interesante... Queremos ver de lo que eres capaz.

Al llegar a la casa del cura el muchacho se metió en la habitación y desde dentro gritó con todas sus fuerzas.

— ¿Queréis llevaros todo lo que aquí hay?
— Habla más bajo, no vayas a despertar a nadie - dijeron los ladrones asustados.

Pero Pulgarcito hizo como si no los hubiese escuchado y volvió a gritar de nuevo.

— ¿Qué es lo que queréis? ¿Queréis llevaros todo lo hay aquí?

Esa vez la cocinera, que dormía en la habitación de al lado, escuchó las voces y se levantó a ver que era lo que pasaba.

Los ladrones se asustaron y echaron a correr, pero cuando llevaban un trecho recorrido recuperaron la valentía y pensaron que el muchacho solo les estaba tomando el pelo. Así que regresaron sobre sus pasos y susurraron.

— Ahora ya, en serio, danos algo de lo que hay allí.

Pulgarcito volvió a gritar con todas sus fuerzas.

— Os daré todo lo que hay aquí, alargad las manos.

La cocinera aún estaba alerta y escuchó estas palabras con total claridad. Así que se levantó inmediatamente de la cama y abrió la puerta de la cocina con fuerza.

Al verla aparecer los ladrones echaron a correr como alma que lleva el diablo.

La moza no vio nada fuera de lo normal y decidió encender una vela. Antes de que reparase en él Pulgarcito aprovechó que la puerta estaba abierta para llegar al granero y esconderse allí.

La cocinera buscó y rebuscó por todos los rincones, pero no encontró nada extraño. Y al final, creyendo que todo había sido un sueño volvió a la cama.

Pulgarcito trepó por los palillos de heno y encontró un buen lugar para dormir. Quería quedarse allí toda la noche, descansar y luego partir para casa de sus padres. Pero aún le quedaba mucho por vivir ¡los problemas y las penas nunca se acababan en este ancho mundo!

Al rayar el alba la moza fue al granero para darle de comer a las bestias. Su primera parada fue el montón de heno, tomó un brazado, y que mala suerte, que era justamente donde Pulgarcito se encontraba durmiendo.

El muchacho dormía tan profundamente que no se despertó hasta que no se encontró en la boca de una vaca.

— ¡Ay Dios mío! - gritó - Cómo habré ido a parar a este molino.

Pero pronto se dio cuenta de donde se encontraba realmente. Tuvo mucho cuidado de no meterse entre los dientes y así acabar hecho papilla, luego se deslizo por la garganta hasta llegar al estómago.

— En esta habitación se olvidaron de poner ventanas - dijo el muchacho - El sol no llega a entrar por ninguna parte y nadie enciende ni una mísera luz.

El aposento no le gustaba para nada y lo peor de todo es que por la puerta seguía cayendo más y más heno. El lugar se iba haciendo cada vez más pequeño.

El miedo pudo con él y gritó con todas sus fuerzas.

— ¡No me des más de comer! ¡No me des más de comer!

La cocinera estaba ordeñando a la vaca en ese momento cuando escuchó las voces, no vio a nadie pero reconoció la voz. Era la misma que había escuchado por la noche. La chica se asustó tanto que se cayó de la silla y desparramó toda la leche por el suelo.

Corrió hacia el cura y le contó lo que había pasado.

— ¡Santo Dios señor Párroco! ¡La vaca ha hablado!
— Estas loca niña - respondió el cura.

Pero aún así fue hasta el establo y quiso comprobar lo que la moza había dicho.

Al poner un pie en la estancia Pulgarcito volvió a gritar con todas sus fuerzas.

— ¡No me des más de comer! ¡No me des más de comer!

El párroco también se asustó y pensó que un mal espíritu se había metido dentro del cuerpo de la vaca. La única manera de acabar con esta situación era matar al animal.

Y eso fue lo que sucedió, mataron a la vaca y el estómago, donde Pulgarcito se encontraba, fue tirado al estercolero.

Pulgarcito trató de abrirse paso al exterior y al final, con mucho trabajo pudo llegar a la entrada. Pero antes de que pudiese poner un pie fuera una nueva desgracia le sobrevino. Un lobo hambriento que rondaba por allí se comió el estómago entero de un solo bocado.

El muchacho no perdió la valentía y pensó que quizás podría hablar con el lobo y llegar a un acuerdo. Así, desde su panza gritó.

— Querido lobo, sé de un sitio en el que podrás comer todo lo que quieras.
— ¿Dónde diablos es eso?
— En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y luego podrás ir a la cocina, allí encontrarás todo el bacon y las salchichas que quieras.

Pulgarcito le explicó con precisión como era la casa de su padre y sin pensárselo una segunda vez el lobo se puso en marcha. Al caer la noche se coló por la alcantarilla y entró en la despensa donde comió hasta quedar bien lleno.

Una vez que se hubo saciado quiso salir de la casa, pero estaba tan lleno que no cupo por donde había entrado. Pulgarcito había contado con ello y desde el interior del lobo comenzó a bramar y gritar todo lo alto que pudo.

— ¡Cállate de una vez! - le espetó el lobo - vas a despertar a todo el mundo.
— ¿Y qué? Tú ya has saciado tu hambre, ahora me toca a mí divertirme - y comenzó de nuevo a gritar con todas sus fuerzas.

Al final su padre y su madre se despertaron. Con cuidado se acercaron a la despensa y miraron al interior por una rendija. Cuando vieron al lobo el hombre buscó un hacha y la mujer una hoz.

— Quédate detrás - dijo el hombre cuando comenzaron a entrar - si cuando le dé un hachazo no ha muerto tendrás que rematarlo tú.

En ese momento Pulgarcito escuchó la voz de su padre.

—Querido padre, ¡estoy aquí! Estoy dentro del cuerpo del lobo.
— ¡Oh Dios mío! - gritó el padre - nuestro querido hijo ha encontrado el camino de vuelta a casa.

Mandó a la mujer dejar la hoz para no herir a su hijo. Después levantó el hacha y de un fuerte y certero golpe le cortó al lobo la cabeza. Con unas tijeras y un cuchillo le abrieron al animal la tripa y sacaron a su hijo del interior.

— ¡Ah! Nos hemos preocupado mucho por ti.
— Sí padre, he corrido mucho mundo. Gracias a Dios que ya puedo respirar aire puro.
— ¿Dónde has estado?
— ¡Ay padre! Estuve en una madriguera, en la tripa de una vaca y en la panza de un lobo. Y ahora, por fin, estoy con vosotros.
— No te volveremos a vender nunca más, ni por todo el oro del mundo - aseguraron los padres. Luego besaron y achucharon a Pulgarcito con todo su cariño.

Le dieron de beber, de comer y le trajeron nueva ropa, la suya había quedado destrozada por todas sus aventuras.



Creo que nunca había leído el cuento de Pulgarcito, al menos este, por que la historia no me suena de nada. Pero es raro, porque sí que recuerdo haber leído o escuchado algo de él. Aunque a mi me suena que salía de una flor... o algo así.

Lo de hablar desde dentro de los animales si que lo recuerdo, pero solo eso.

Pero en general el cuento me ha decepcionado un tanto. No sé, me esperaba algo más grande del pequeño Pulgarcito.

¿Qué os ha parecido a vosotros? ¿Lo habíais leído antes?

El cuento original es del francés Charles Perrault, pero los hermanos Grimm tradujeron al alemán una parte del cuento y lo añadieron a su colección. En la versión francesa aparecen las famosas botas de Siete leguas.

Pulgarcito - Daumesdick, es el cuento número 37 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm.
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Extraño, ¿verdad? No recordabas el cuento así, la versión que a ti te contaban cuando eras pequeño no se parece mucho a esto que acabas de leer... Pero he aquí, el cuento original escrito por los hermanos Grimm. Y lo mejor de todo es que este no es el único raro, la gran mayoría de las historias que conocemos son diferentes a los originales.

Un saludo!!