1 de marzo de 2018

Blancanieve y Rojaflor - Schneeweißchen und Rosenrot

Erase una vez una pobre viuda que vivía en una pequeña cabaña solitaria. Delante de ella había un jardín con dos rosales, uno de ellos daba rosas blancas y el otro rosas rojas.

La viuda tenía dos hijas que se parecían a los dos rosales, una se llamaba Blancanieve y la otra Rojaflor. Las niñas eran tan buenas y piadosas, tan trabajadoras y perseverantes como ningún otro niño lo había sido.

Blancanieve era más callada y amable que su hermana. Rojaflor prefería saltar y correr en la hierba y los prados, recoger flores y cazar pájaros. A Blancanieve le gustaba sentarse con su madre y le ayudaba a realizar los quehaceres de la casa, pero cuando no había nada que hacer le leía libros en voz alta.

Las dos niñas se querían tanto que siempre que salían de la casa iban tomadas de la mano.

—Jamás nos separaremos — decía Blancanieve.
—No, mientras vivamos — respondía Rojaflor.
—Lo que una tiene debe compartirlo con la otra — decía la madre sentada su lado.

Algunas veces las niñas iban solas al bosque y buscaba frutos rojos. Ningún animal les hacía daño, más bien al contrario, se acercaban confiados. La liebrecilla comía hojas de col de sus manos, el corzo pacía a su lado, el cervatillo saltaba con alegría alrededor de ellas y los pájaros se quedaban posados en las ramas de los árboles y cantaban lo que las hermanas les pedían.

Nunca ocurrió ningún accidente. Si algún día se les hacía tarde y oscurecía cuando aún estaban en el bosque, se tumbaban juntas encima del musgo y dormían hasta que se hacía de día. La madre sabía que no les iba a pasar nada y nunca se preocupaba.

En una de estas ocasiones en las que durmieron en el bosque y los primeros rayos del sol las despertaron se encontraron con un niño sentado a su lado. Era muy bonito y llevaba puesto un precioso vestido blanco que relucía. Las miraba en silencio con alegría y una sonrisa en la cara. Cuando las niñas lo vieron se levantó y comenzó a andar adentrándose en el bosque. Las niñas miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que habían dormido al borde de un precipicio, si en la oscuridad hubiesen dado un paso más se habrían caído al abismo. La madre les dijo que aquel niño debía de ser un ángel de la guarda que cuidaba de los niños buenos.

Blancanieve y Rojaflor tenían la cabaña de su madre tan limpia que era una alegría verla. En verano Rojaflor se ocupaba de la casa, todas las mañanas, antes de que su madre despertara ponía un ramo de flores delante de su cama, y siempre colocaba en él una rosa de cada uno de los rosales.

En invierno Blancanieve encendía la chimenea y colgaba un caldero encima del fuego. El caldero, que era de latón, estaba tan limpio y pulido que relucía como el oro. Por las noches, cuando los copos de nieve caían la madre decía:

— Ve, Blancanieve, echa el cerrojo.

Y luego se sentaban las tres al calor de la chimenea. La madre tomaba sus gafas y comenzaba a leer en voz alta un libro. Las niñas se quedaban a su lado y escuchaban atentas. A su lado había un corderillo tumbado en el suelo, y detrás de ellas una blanca palomilla estaba posada en una percha con la cabeza metida debajo del ala.

Una noche en la que se encontraban así reunidas alguien llamó a la puerta y preguntó si podía unirse.

—Ve a abrir Rojaflor, será un caminante que busca refugio – dijo la madre.

La hija hizo lo que la madre dijo, al abrir pensó que era un hombre pobre, pero no lo era. Era un oso que asomó su gran cabeza negra por la puerta. Rojaflor pegó un fuerte grito y se alejó de un salto. El corderillo se puso a balar, la palomita comenzó a batir sus alas y Blancanieve se escondió detrás de la cama de su madre.



—No os asustéis, no voy a haceros nada — dijo el oso. —Estoy medio congelado y solo quiero calentarme en vuestro fuego.

—Pobre oso. Entra y siéntate, pero ten cuidado de no quemarte el pelo con el fuego — se apiadó la madre. —Blancanieve, Rojaflor, venid aquí. El oso no os va a hacer nada, lo dice con sinceridad.

Las dos niñas se acercaron y poco a poco el corderillo y la palomita dejaron de tener miedo de él.

—Niñas, sacudidme un poco la nieve que se ha quedado en mi piel— dijo el oso.

Las niñas tomaron una escoba y comenzaron a quitarle los copos de nieve. El oso se estiró todo lo largo que era y comenzó a gruñir de pura satisfacción. Al poco rato las niñas tomaron confianza y se envalentonaron. Le tiraban del pelo con las manos, le pusieron los piececillos en la espalda, le zarandearon de un lado para otro y le pegaron con una pequeña vara de avellano. Y cuando el gruñía ellas reían.

El oso se dejaba hacer con gusto, aunque cuando las niñas se pasaban les gruñía unas cuantas palabras:

“¡Dejadme vivo, niñas!
Blancanieve, Rojaflor
Golpead a vuestro pretendiente hasta la muerte.”

Cuando llegó la hora de dormir y todos se fueron a la cama, la madre se acercó al oso.

—Puedes quedarte al lado del hogar, así estarás protegido del frío y del mal tiempo.

En cuanto comenzó a amanecer las dos niñas se despertaron y le abrieron la puerta. El oso se adentró en la nieve y se perdió entre los árboles.

A partir de ese día el oso regresó todas las noches a la misma hora. Se tumbaba en el fuego y dejaba que las niñas le hicieran lo que quisieran. Llegaron a acostumbrarse tanto a él que ya no echaban el cerrojo hasta que su negro amigo no llegaba.

Cuando la primavera llegó y todo se volvió verde el oso le habló a Blancanieve.

—Ahora debo marcharme y no podré volver hasta que haya pasado el verano.
—¿Dónde irás querido oso?
—Tengo que ir al bosque y proteger mi tesoro del malvado enano. En invierno, cuando la tierra está congelada tiene que permanecer bajo tierra. Pero ahora que el sol comienza a deshelar la tierra y calentarla saldrá a la superficie, buscara y robará. Una vez que esté en sus manos y lo guarde en su cueva será muy difícil sacarlo de nuevo a la luz.

Blancanieve estaba muy triste por despedirse de él. Cuando quitó el cerrojo el oso se enganchó con el pestillo y se desgarró un poco la piel. A Blancanieve le pareció ver un brillo de oro, pero no estaba segura. El oso se puso en marcha rápidamente y desapareció en el bosque.

Algún tiempo después la madre envió a las niñas a buscar leña al bosque. Allí encontraron un gran árbol tirado sobre el suelo y sobre el tronco algo saltaba una y otra vez pero las niñas no podía distinguir lo que era.

Cuando se acercaron vieron que era un enano, tenía una larga barba blanca y su rostro marchito estaba lleno de arrugas. El final de la barba se había quedado pillado en una rendija del tronco y el hombrecillo saltaba de un lado a otro como un perro atado a una cuerda sin saber cómo soltarse.

El enano miró a las niñas con sus ojos rojos inyectados en furia y les gritó.

—¡Qué hacéis ahí! ¿No podéis venir aquí y ayudarme?
—¿Qué te ha ocurrido hombrecillo? — preguntó Rojaflor.
—¡Tonta curiosa!— dijo el enano—. Quise partir el árbol en leña pequeña para tener en la cocina. Nosotros comemos mucho menos que vosotros, gente grandota y glotona. Así que necesito madera más pequeña pues sino se nos quema la comida. Ya tenía el cuchillo listo y todo habría salido a la perfección si el trozo de madera que quería no hubiese sido tan liso y resbaladizo y se hubiese colado dentro. Al cerrarse el tronco no fui lo suficiente rápido y la barba se me ha quedado enganchada. Se ha quedado dentro y por más que lo intento no puedo sacarla. Sí, reíros, tontas caras de leche. ¡Qué feas que sois!

Las niñas lo intentaron con todas sus fuerzas pero por más que tiraron no pudieron sacar la barba del árbol.

—Iré a buscar a alguien para que nos ayude—dijo Rojaflor.
—¡Demente cabeza de oveja!— gritó el enano. —¿Para qué quieres más gente? Ya tengo suficiente con vosotras dos, ¿no se os ocurre otra cosa mejor?
—No seas tan impaciente— dijo Blancanieve— encontré otra solución.

Sacó un cuchillo de su bolso y le cortó el final de la barba.

En cuanto el enano se vio libre sacó un saco lleno de oro que se encontraba entre las raíces del árbol y gruñó:

—¡Qué gente más cazurra! Mira que cortarme un trozo de la barba. ¡Que el diablo os la cobre!

Se echó el saco a la espalda y comenzó a andar sin mirar a las niñas.

Tiempo después Blancanieve y Rojaflor quisieron pescar un pez para comer. Cuando estaban cerca del arroyo vieron algo que parecía un saltamontes gigante saltando cerca del agua, como si quisiese meterse en ella. Al acercarse más reconocieron al enano.

—¿A dónde quieres ir?— preguntó Rojaflor. —No te irás a meter en el agua, ¿verdad?
—No soy tan estúpido—gritó el enano—¿Es que no veis que ese maldito pez me quiere tirar al arroyo?

El hombrecillo se había sentado en la orilla para pescar y para su desgracia el viento había reliado su barba con el sedal justo en el momento en el que un enorme pez mordía el anzuelo. El enano no tenía la fuerza suficiente para tirar de él y era el pez el que estaba llevando al hombrecillo al agua. Se había agarrado a los juncos y a las piedras, pero nada ayudaba y no podía evitar continuar el movimiento del pez hasta encontrarse al borde de caer al agua.

Las niñas llegaron en el momento apropiado, lo agarraron con fuerza e intentaron soltar la barba del sedal. Pero se había liado tanto que era simplemente imposible y solo quedaba una solución, cortar.

Cuando el enano vio como su barba había quedado de nuevo reducida comenzó a gritar.

—¡Qué maneras son esas de desfigurarle a uno la cara! ¿No os bastaba con cortarme la punta que ahora tenéis que quitarme la parte más bonita de la barba? ¡No puedo dejar que los míos me vean así! ¡Ojalá tuvieseis que echar a correr sin suelas en los zapatos!

Tomó su saco lleno de perlas que había dejado de encima de las cañas y sin decir una palabra más desapareció detrás de una piedra.

No mucho tiempo después la madre envió a las niñas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino pasaba por un brezal sembrado de grandes piedras. Allí vieron un pájaro muy grande suspendido en el aire que poco a poco iba bajando en círculos hasta que aterrizó cerca de ellas, encima de una de las grandes piedras. Al momento las niñas escucharon un penetrante grito de angustia y corrieron hacia allí. Con espanto vieron que el águila había apresado a su viejo conocido, el enano, y pretendía llevárselo.

Las compasivas niñas agarraron al hombrecillo con fuerza y fueron arrastradas con él hasta que finalmente el águila soltó a su presa. Cuando el enano se repuso del susto gritó con su voz estridente.


—¿No podríais tratarme con más cuidado? Habéis tirado de mi chaquetita y ahora está rota y agujerada. Torpe y botarate gentuza, eso es lo que sois.

Luego cogió su saco lleno de piedras preciosas y corrió por las piedras hasta esconderse en su cueva.

Las niñas estaban acostumbradas a su ingratitud así que continuaron su camino hacia la ciudad.

En su camino de regreso pasaron por el mismo lugar y sorprendieron al enano que había esparcido todas las piedras preciosas en el suelo, pues pensaba que a esas horas ya nadie pasaría por allí.

El sol del atardecer hacía brillar las piedras preciosas con diferentes colores en un grandioso espectáculo. Las niñas se quedaron ensimismadas y se pararon a observar.

—¡Qué hacéis ahí con caras de mono! —gritó el enano, y su rostro ceniciento se torno rojo de ira.

Se disponía a seguir con sus maldiciones cuando escucharon un fuerte bramido y enorme oso negro salió del bosque. El enano, aterrorizado, trató de escapar, pero el oso ya estaba demasiado cerca y al hombrecillo solo le quedó suplicar.

—Querido señor Oso perdonadme la vida y os daré todo mi tesoro. Mirad las valiosas piedras preciosas de ahí. Perdonadme la vida, ¿qué tenéis contra este débil hombrecillo? Si me coméis no me vais a sentir ni entre los dientes. Pero en cambio, esas dos muchachas glotonas de ahí seguro que os son mucho más jugosas. Son sabrosas como jóvenes codornices, coméoslas a ellas y que tengáis un buen provecho.

El oso no hizo caso a su palabrería y de un solo zarpazo mató al malvado enano. Las niñas corrieron asustadas al ver aquello pero el oso las llamó.

— Blancanieve, Rojaflor, no tengáis miedo, iré con vosotras.

Las niñas reconocieron la voz de su amigo oso y se detuvieron. Cuando las hubo alcanzado su piel comenzó a desprenderse y al momento se convirtió en un hermoso joven cubierto de ropajes de oro.

—Soy el hijo de un rey —comenzó a decir— que había sido encantado a caminar por el bosque como un oso por ese malvado enano. Pero ahora que lo he matado el hechizo se ha roto y el enano ha recibido su castigo.

Blancanieve se desposó con el príncipe y Rojaflor con su hermano y entre todos se repartieron los tesoros que había en la cueva del enano.

La madre de las niñas vivió durante años una vida tranquila y feliz con sus dulces hijas. Se llevaron los dos rosales y los plantaron delante de la ventana de su nuevo hogar y estos siguieron dando hermosas rosas rojas y blancas.



Blancanieve y Rojaflor - Schneeweißchen und Rosenrot, es el cuento número 161 del libro "Cuentos de la infancia y del hogar" escrito por los hermanos Grimm.

No sé si os habéis dado cuenta que una de las niñas es Blancanieve, sin las –s final, y eso es porque no es la misma Blancanieves que sale en compañía de los siete enanitos, esa es en alemán Schneewittchen y en este caso se llama Schneeweißchen. Así que sí, son dos niñas diferentes.

Conocía la existencia de Rojaflor y sabía que era la hermana de Blancanieve, pero esta es la primera vez que leo este cuento. Ha sido una sorpresa leer un cuento en el que al menos, por una vez, el personaje malvado no es la madre, madrastra o bruja.

Pero como siempre, me sorprende el grado de estupidez que demuestran los personajes femeninos de estos cuentos. El enano no podía ser un ser más despreciable y aun así le ayudan gustosas. En fin.

El cuento me ha gustado, es muy de los hermanos Grimm, aunque me esperaba algo más de historia. Casi no conocemos nada de Rojaflor ni de Blancanieve, solo que ayudan al prójimo por amor al arte sin importar cómo sean tratadas. Espero que al menos los príncipes sean buenas personas.


¿Qué os ha parecido a vosotros este cuento? ¿Lo conocíais?

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Y colorín colorado, este cuento se ha acabado... pero aún quedan muchos más cuentos que leer, muchas historias por recordar y otras tantas por descubrir. ¿Te vienes? Cuentos de los hermanos Grimm.

¡Un saludo!


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