20 de noviembre de 2018

Lindau


Lindau es una ciudad que pertenece al estado de Baviera, Bayern. Está ubicada en las orillas del lago Constanza, Bodensee, aunque la parte más antigua de la ciudad es una isla dentro del lago.

 
Se encuentra a unos 180 kilómetros de Múnich, la capital de su Bundesland, y a más de 700 de Berlín. Sin embargo, podríamos decir que esta ciudad hace frontera directa con Austria. Tiene una población de unos 25 mil habitantes.

No se sabe con exactitud cuando fue fundada. La primera mención a esta ciudad data de finales del siglo IX bajo el nombre de “Insel, auf der Lindenbäume wachsen”, es decir, Isla que crece bajo los tilos”. De hecho, el escudo de la ciudad es un tilo. Y de alguna manera, el nombre fue evolucionando desde la palabra “Linden”, tilo, hasta Lindau. 

Por los restos arqueológicos que se han encontrado sabemos que los romanos ya habitaron en este lugar. Pero su época más esplendorosa va desde el siglo XIII al XIX, cuando fue declara ciudad libre del Imperio. Después de la Reforma de Lutero, la ciudad se convirtió al protestantismo en el 1528. Fue atacada por los suecos en la Guerra de los Treinta años, pero la ciudad repelió el asalto.

La ocupación de las tropas de Napoleón Bonaparte hicieron que en 1802 perdiese sus privilegios imperiales y pasó a ser parte del reino de Baviera. A mediados del siglo XIX se construyó el ferrocarril que une la parte antigua de la ciudad, en la isla, con la parte nueva, y además se irguió el león del puerto, que representa al león de Baviera.

En 1945 las tropas francesas ocuparon la ciudad sin casi ninguna resistencia por parte del ejército y pasó a formar parte de la Alemania francesa hasta que en 1955 se incorporó otra vez al estado de Baviera.

 

La estación central se encuentra en la ciudad antigua, en la isla, justo al lado de todo lo que hay que ver en la ciudad.


6 de noviembre de 2018

El pájaro de oro - Der goldene Vogel


Hace muchos, muchos años un rey tenía un hermoso jardín detrás de su palacio. Allí había un árbol que daba manzanas de oro. Estas eran contadas todos los días, pero una buena mañana una faltó y el rey ordenó que todas las noches alguien hiciese guardia debajo del árbol.

El rey tenía tres hijos, y cuando comenzó a oscurecer mandó al mayor al jardín. Sin embargo, cuando la media noche llegó, no pudo permanecer despierto, y por la mañana otra manzana había desaparecido.

En la siguiente noche el segundo hijo se quedó haciendo guardia, pero tampoco le fue mejor. Cuando dieron las doce se quedó dormido y a la mañana siguiente había otra manzana menos.

Era el turno del tercer hijo, estaba preparado, pero el rey no confiaba en él y pensaba que no lo iba a hacer mejor que sus hermanos. El chico insistió en tener su oportunidad, y finalmente el rey accedió a que hiciese guardia. Se tumbó debajo del árbol con la intención de que el sueño no le venciese. Cuando dieron las doce oyó un rumor en el aire y vio como, a la luz de la luna, un pájaro se acercaba, su plumaje de oro relucía.

El ave se posó en el árbol y en cuanto cogió una manzana el chico le lanzó una flecha. Sin embargo, el pájaro la esquivó, pero la flecha le dio en el plumaje y una pluma de oro cayó al suelo.

El joven se la guardó y a la mañana siguiente le contó al rey lo que había ocurrido. El rey convocó a su consejo y se declaró que una pluma como esa valía más que todo el reino.

—Si esta pluma es tan valiosa, no me vale solo con una —dijo el rey—, quiero el pájaro entero.

El hijo mayor se puso en camino, no era muy listo, y pensaba que el solo podría encontrar el ave. Cuando ya había recorrido un buen trecho, vio en la linde de un bosque a un zorro. Sacó la escopeta y se preparó para disparar.

—¡No me dispares! —gritó el zorro—. Si no lo haces te daré un buen consejo. Quieres atrapar al pájaro de oro y esta tarde llegarás a un pueblo donde hay dos posadas, una en frente de otra. Una es muy luminosa y de su interior salen risas. Pero no vayas allí, sino a la otra, aunque te parezca que tiene un peor aspecto.

—¡Cómo va a darme un estúpido animal un buen consejo! —pensó el hijo del rey. Disparó su escopeta pero falló en el tiro. El zorro se dio la vuelta y se adentró en el bosque.

El chico siguió andando y por la tarde llegó al pueblo donde había dos posadas, una enfrente de la otra. En una se cantaba y bailaba y la otra tenía un aspecto pobre y triste.

—Sería un tonto si me fuese a esa mísera posada —pensó.

Así que entró en la que estaba más animada y se unió a los cánticos de los comensales. Tanto se dejó llevar, que acabó por olvidarse de la búsqueda del pájaro de oro y de todas las enseñanzas que había recibido.

Cuando el tiempo pasó y el hijo mayor no regresaba, el segundo hermano se puso en camino.

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