10 de septiembre de 2020

Las 4 fases del inmigrante

Quienes se han mudado de ciudad alguna vez saben que la adaptación no siempre es fácil. Hay varios estudios que demuestran que el choque cultural es real, como el de Gullahorn, J. T. y Gullahorn, J. E. que data de 1963 y que divide la adaptación en cuatro etapas diferentes. Aunque en este blog solemos hablar de la adaptación de los hispanohablantes a Alemania, estas etapas podemos extrapolarlas a cualquier inmigrante que se mude a otro país, o ciudad, diferente. 

Voy a tomar la idea de la Gullahorn u curve, pero la ampliaré con otros datos que recopile, así como con mi propia experiencia y la de muchos otros inmigrantes que conozco.

Fase uno: Luna de miel


En esta fase las diferencias culturales no nos molestan, incluso nos pueden llegar a resultar graciosas, curiosas y hasta quedar fascinados con ellas. Todo se ve desde un punto de vista idealizado. La intriga y emoción de comenzar en un nuevo lugar nos motiva a vivirlo todo con mucha intensidad.

Esto es típico en los turistas; pasan poco tiempo en ese país, socializan algo con la gente y terminan enamorados del lugar. A pesar de que solo han visto la punta del iceberg, el lado bonito de esa cultura.

En el caso de la gente que se muda para vivir, esta etapa acabará en algún momento, aunque no hay un tiempo predeterminado, depende de la capacidad de adaptación de la persona, de lo diferentes que sean las culturas, de la buena o mala suerte que se tenga al conocer a la gente que allí vive, y un muy largo etcétera.

Yo viví en Berlín durante cinco meses, y aunque el primero fue duro, como todos los primeros meses en un lugar nuevo, creo que hasta el final del cuarto no empecé a ver esas pequeñas cosas que me molestaban de la ciudad. Estuve casi los cinco meses en esta fase de luna de miel, y, de hecho, el recuerdo que tengo de mi estancia en Berlín es muy bonito.

Fase dos: Choque cultural


También llamada fase hostil. Es la época crítica. Donde nos damos de lleno con la nueva realidad que nos rodea. Nos fijamos en todas las diferencias que hay entre nuestro país y este sitio nuevo, todavía desconocido; y esas diferencias nos molestan.

Las costumbres ajenas nos irritan. Aparecen por primera vez los estereotipos y los prejuicios; se piensa que la gente local es fría, son antipáticos o desagradables. Se extraña el hogar, los amigos y el entorno al que estábamos acostumbrados.

La burbuja se rompe y no sentimos ninguna conexión con el nuevo entorno.

Es una fase dura y complicada de la que muchos no consiguen salir. Algunos regresan a casa sin haberse adaptado; quedan estancados en esta fase que ha podido con ellos. Otros sufren durante años, luchan a contracorriente y acaban hastiados con todo.

Creo que todo inmigrante ha pasado por esta etapa, algunos han durado más, otros menos, y algunos fluctúan entre esta y la siguiente sin llegar a dejarla atrás de manera definitiva. 

Fase tres: Aceptación e integración


Algo encaja en nuestro cerebro, aceptamos las diferencias culturales y empezamos a ver el lado bueno del nuevo entorno. Un lado bueno que no está idealizado como en la primera, sino que empieza a calar dentro de nosotros y nos produce sensaciones agradables.

Las emociones positivas y negativas se van intercambiando, pero, por lo general, estamos mucho más abiertos a todo lo que nos rodea.

Empiezas a comunicarte mejor con la gente, a entenderlos y darte cuenta de que esas diferencias culturales no son tan abismales o imposibles de salvar como habías pensado.

Si el inmigrante se encuentra en un país con un idioma diferente al suyo materno, esta fase llegará cuando se empiece a dominar mejor la lengua. Pues eso nos hace sentir más seguros, lo que nos da la posibilidad de interactuar con la gente y conocerlos. Ser capaz de hablar el idioma del país en el que nos encontramos nos brinda paz y tranquilidad, y eso es imprescindible para llegar a la última fase.

Fase cuatro: Adaptación


La nueva cultura ha dejado de ser nueva, incluso hemos adaptado a nuestra vida cotidiana algunas de las costumbres de ese país o ciudad. Ya no hay choque cultural, pues aunque no conocemos todas las tradiciones, cuando nos encontramos con algo desconocido no lo vemos con malos ojos.

Para poder llegar a esta fase hay varias cosas esenciales que debemos conocer:
  • El idioma.
  • El entorno, es decir, la ciudad en la que vivimos, o al menos nuestro barrio.
  • Gente. Tener amigos, no conocidos. Abrir la agenda del móvil y encontrar, como mínimo, una persona a la que poder llamar y con la que tomarnos un café esa misma tarde.
Está claro que un trabajo estable, bien remunerado y con buenas condiciones ayudará a que la adaptación sea mejor. Al igual que una vivienda cómoda y bien situada, pero sin tener las tres antes mencionadas, será imposible que podamos llegar a adaptarnos a un nuevo lugar.


Cambiar de ciudad o país es algo a lo que muchos temen, pero también es una oportunidad para aprender cosas nuevas, ampliar nuestros límites y salir de esa burbuja de confort a la que estamos acostumbrados. No es sencillo, nadie dijo que lo fuera, pero con voluntad, predisposición y tiempo, la adaptación es posible.

Algunos tienen más facilidad que otros y comparase con la gente que se encuentra en una situación parecida a la nuestra no es la mejor manera de afrontar la situación. Si en algún momento necesitáis ayuda para sobrellevarlo, nunca dudéis en hacerlo. Eso no os hará menos válidos; pedir ayuda nunca será un símbolo de debilidad, sino de conocerse a uno mismo, ser consciente de dónde están nuestros límites y tener la valentía de dar el paso para superarlos.

No estoy segura de si está aceptado por el Colegio de Psicología, pero hay algo llamado Síndrome del Emigrante o Síndrome de Ulises: cuadro psicológico que afecta a los inmigrantes ante la soledad, el estrés, el miedo, y la tristeza que genera la situación de dejar el país y adaptarse a otro.

Lo dicho. 

Qué hacer para evitar el choque cultural


Lo primero de lo que debemos mentalizarnos es que no vamos a poder evitar el choque cultural. En cuanto salimos de nuestra zona de confort estamos expuestos a situaciones nuevas, tradiciones que no conocemos y formas de hacer las cosas diferentes. Es inevitable que haya cosas que nos choquen, que nos parezcan extrañas o hasta una locura, pero la única manera de adaptarse, y no sufrir día tras día, es tener la mente abierta y estar dispuestos a aprender.

Lo que nosotros hemos estado haciendo durante toda nuestra vida no tiene que ser la única manera posible de hacerlo. Hay que saber ver el lado bueno, no juzgar otras culturas o maneras de pensar, escuchar, observar, y tener la predisposición para aceptar aquellas tradiciones que nos parecen raras, y adaptar a nuestra vida aquellas que nos benefician.

Evitar los prejuicios, ser consciente de que nuestra forma de hacer las cosas no es la única correcta y no dejarse llevar por los comentarios negativos, que muchas veces vendrán de gente anclada en la fase dos, harán que el duro y largo proceso de la adaptación sea más llevadero.



Yo llevo ya más de ocho años en Alemania, he pasado por todas las fases y creo poder decir que hace un tiempo que llegué a la fase cuatro. La paz mental que da aceptar la cultura en la que vivimos, no luchar contra ella, sino intentar convivir y adaptarnos al entorno, es increíble. Es una mera cuestión de supervivencia, no podemos cambiar a un país entero porque a nosotros no nos gusten algunas tradiciones, manías o formas de hacer las cosas, así que, o te adaptas, o te mueres de asco. No manejo el alemán al 100%, y nunca lo haré, tampoco conozco todas las tradiciones del país, y dado que estoy casada con un español habrá muchas cosas que me pierda, pero eso no me impide disfrutar del país y de todas las cosas buenas que ofrece.

No es perfecto, ¿qué país lo es? Pero ahí es donde reside la tranquilidad de la fase cuatro, cuando uno es capaz de ver los dos lados, aceptar lo bueno, y no prestar mucha atención a lo que no lo es tanto. No lo vas a poder cambiar, es así, es una tradición, una forma de ver la vida, siempre se ha hecho de esa manera, y no lo van a cambiar para ti.


Espero que la gran mayoría de vosotros ya hayáis superado la horrible fase dos, mucho ánimo, con algo de esfuerzo y voluntad, todo pasa.

¿Conocíais esto de las cuatro fases del inmigrante?

Contadme, ¿en qué fase os encontráis?


La idea de hacer esta entrada surgió al ver un vídeo del canal de Kira-sensei donde hablan de estas fases pero enfocadas al inmigrante que se muda a Japón, os dejo el vídeo.


Bibliografía:

Vídeo de arriba del canal de Kira Sensei.
Entornoturistico
Nmnoticias

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Si quieres informarte más sobre Alemania, como es la vida en este país o qué es lo que se necesita para emigrar aquí pincha en este enlace: Emigrar a Alemania.

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¡Un saludo!


9 comentarios:

  1. Aquí en China me temo que hay muchos que se quedan estancados en la fase 2, jajaja. O llegan y directamente entran en la fase 2. Quizás sea por la tremenda diferencia entre el idiomas y las costumbres, pero aquí es típica la imagen del expat que se queja de todo, todo el rato(normalmente son expats que no hablan ni una palabra de chino, o sea, la mayoría). Yo supongo que después de tantos años ya estoy en la fase 4. Me quejo de muchas cosas que me siguen repateando, pero es que igual me quejo de cosas en España, jajaja.

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    1. Buenas, Marta.
      Es que saber el idioma del país en el que se vive es super importante para poder adaptarse. No poderse comunicar crea una sensación de indefensión enorme. Yo creo que no podría vivir en un país sin conocer el idioma. Me siento incómoda cuando voy de vacaciones, si tuviese que estar así todos los días... me daba algo.

      Un saludo.

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  2. Hola Irene. Muy interesante lo que cuentas en este post. Había leído cosillas sobre el tema del proceso migratorio, pero no conocía estas cuatro fases. Yo creo que estoy en la tercera y he descubierto que ¡nunca pasé por la primera! El comienzo por estas tierras lejanas fue bastante duro y creo que empecé por el choque cultural y luego saboreé una breve luna de miel. Curioso... ��

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    1. Buenas, Monste.

      Qué curioso que nunca pases por la primera. Imagino que si no viniste por "voluntad propia", me refiero, porque te gustase el país, es normal que esa fase te la saltaras.
      Pero me alegra saber que estás en la tercera :D

      Un saludo.

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  3. Nueve años llevo yo en Alemania y creo que estoy en la fase dos y no voy a salir nunca, lo que no me provoca mayores problemas. Ya no voy a hacer el esfuerzo de intentar entenderlos. No veo el interés. En general son gente muy poco interesante. Cordialidad con vecinos y en el trabajo y listo. Mis amistades vienen todos de fuera.

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  4. Hola Irene,

    una pena no haber descubierto tu blog antes. Llevo en Frankfurt desde 2013 y aunque nunca dominaré el idioma los alemanes me entienden.
    Mis hijos me corrigen los mails importantes y cada día cometo menos errores. Así que contenta.

    Amigos alemanes algunos, pocos. La mayoría inmigrantes de segunda generación: catalanes, españoles, italianos, argentinos, colombianos,turcos, croatas... es más fácil establecer una amistad con personas con origen extranjeros porque empatizan con tu situación.

    El llegar con hijos pequeños también nos ha ayudado. Ellos son esponjas y ahora hablan alemán sin acento. Eso facilita las cosas.


    Por cierto, nosotros tenemos un Kleingarten. ¡Que también ayuda!.
    Muchas reglas y mucho trabajo, muchísimo. Pero también un lugar donde desconectar, donde organizar barbacoas y tomar café. Con pastel siempre casero.
    ¿Os podéis creer que alguien te trae un pastel de pastelería y te pide perdón por no haber tenido tiempo de hacerlo en casa?
    Algo así es difícil de imaginar en España.

    Saludos
    Elena Domínguez

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    1. Buenas, Elena.

      Gracias por comentar un poco tu historia. Qué guay lo del Kleingarten, seguro que con eso también se conoce mucha gente.
      A mí también me ha pasado lo de los pasteles, es muy "gracioso" verlos disculparse por algo como eso.

      Un saludo.

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