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28 de junio de 2018

Nadie saldrá impune

Este pequeño relato forma parte del taller de escritura de Literautas número 49. Los requisitos son: Que las palabras Navidad, sandalia y barco estén presentes y no tenga más de 100 palabras.


Sé que me voy a meter en un lío por no pararlos, pero están tan graciosos corriendo alrededor del árbol de Navidad con las bragas de la abuela en la cabeza, que no he podido evitar unirme a sus carcajadas.

Corren y ríen en círculos hasta que uno de ellos se tropieza con una olvidada sandalia y choca contra una estantería. El viejo barco del abuelo se tambalea durante unos segundos al borde del precipicio y al final cae al suelo haciéndose añicos.

Todos miramos el estropicio con caras de espanto. De ésta sí que no nos libramos.

*

Es un microrrelato bastante corto, pero con las pocas palabras que estaban disponibles tampoco se podía profundizar mucho en ninguna historia.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

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¡Un saludo!




14 de junio de 2018

El hombre afortunado

Este relato forma parte del taller de escritura de Literautas del mes de junio. La premisa de este mes son dos: que el título sea "El hombre afortunado", y que empiece con la frase "Llevaba un hacha en la mano".


Llevaba un hacha en la mano y la brida del burro atada a la cintura. Los días de caluroso verano aún no habían llegado, pero no quedaba mucho, así que aprovechaba las horas cercanas al amanecer para realizar la pesada, mas muy necesaria, tarea de cortar leña.

Las encinas eran la mejor madera y, a pesar de tener varias por los alrededores, no quería talarlas. Les gustaba sentirse dentro del bosque, y además, les protegían del frío viento del norte.

Llevaba varias jornadas en ello, unos días iba al sur, otros al este, pero la zona del oeste no la había pisado desde que el invierno empezó.

Se alejó de la pequeña cabaña y se adentró en el bosque silbando una cancioncilla infantil que sus hijos le habían enseñado. Anduvo y anduvo hasta que llegó a su destino, sin embargo, lo que allí encontró no era lo esperado.

El encinar había desaparecido y en su lugar alguien había improvisado una casa. No estaba terminada: el techo se encontraba a medias, una de las paredes parecía apuntalada con una viga muy inestable y las ventanas estaban tapadas con telas oscuras.

Ató el burro a una de las ramas y se adentró en el claro. La última vez que bajó a la aldea el alguacil no le había dicho nada de aquella casa, aunque le advirtió de unos bandidos que estaban asolando la zona. Robaban y mataban sin que la mano les temblase. No tenían pudor en entrar en las casas, incluso en las de los más pobres, en las iglesias o en los monasterios y llevarse todos los tesoros que encontraban y, si podían, realizaban actos pecaminosos con las religiosas.

Se acercó con cuidado y, con aquella advertencia en mente, apartó un poco la tela que cubría una de las ventanas. Se asomó al interior y lo que encontró lo dejó anonadado.

Sin ningún orden y colocados en cualquier lugar, había amontonados cuadros, cofres y candelabros. Encima de una mesa divisó tres pilas gigantes de monedas de oro y a su lado un saco del que salían unas pequeñas piedras preciosas.

En ese momento se dio cuenta de que había encontrado a los bandidos.

—Vaya, vaya. Parece que tenemos visita.

Aquella voz a su espalda le sobresaltó. Se dio la vuelta y se encontró con cuatro hombres, todos armados con pequeñas espadas, dagas y cuchillos.

—¿Ese burro es tuyo? —preguntó uno de ellos acercándose a él.

No respondió. Agarró con fuerza el hacha y sintió el duro tacto del mango en su mano. Cómo se alegraba de llevarla consigo. Le superaban en número, pero no se iba a dejar vencer sin oponer resistencia.

Atacó primero, blandió su arma con destreza y la consiguió insertar en la carne de sus enemigos. Su propia sangre también corrió por el suelo, mas no dejó que las heridas le distrajesen.

Cuando solo uno de los bandidos quedaba en pie, los dos resollaban con fuerza. Se miraron a los ojos, concentrados. Sabían lo que estaba en juego.

El leñador se abalanzó contra su adversario con el hacha en ristre, pero el bandido hizo una rápida finta y lo esquivó por unos pocos centímetros.

Volvieron a enfrentarse, hacha contra daga. El golpe fue tremendo y resonó en todo el claro. El filo del hacha se melló, pero la daga se rompió con limpieza por la mitad.

Esa era su oportunidad, se acercó al bandido, y antes de que pudiese sacar el pequeño cuchillo que llevaba atado al cinturón, insertó el hacha en su cuello. El golpe fue duro y contundente. El arma entró varios centímetros en la carne hasta llegar al hueso y cuando la sacó, el bandido cayó al suelo con la cabeza casi decapitada.

El leñador, muy magullado, pero aún con vida, consiguió arrastrase hasta su burro. Era un animal fuerte, así que se tumbó encima de él y lo desató.

Tardaron mucho en llegar, y el camino se regó por la sangre que caía de sus numerosas heridas.

Cuando llegaron hasta su casa se encontraba al borde de la inconsciencia, pero nunca se había alegrado tanto de ver la cara de su esposa, aunque su expresión fuese de terror.



El leñador sobrevivió, y la gente acaudalada, a la que los bandidos habían robado, le agradecieron su valentía concediéndole unas vastas tierras y una parte del botín recuperado.

El conde accedió casar a su primogénito con una de las hijas del leñador, y los caballeros más valerosos del reino tomaron a algunos de sus vástagos como escuderos.

Se sentía dichoso. Sus hijos tendrían una vida feliz y no conocerían la pobreza o la hambruna. Y a pesar de que las heridas fueron terribles: se había quedado tuerto, había perdido una pierna y varios dedos de la mano derecha, se consideraba un hombre afortunado.

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¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

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24 de mayo de 2018

El calcetín rojo

La premisa la tomé de un ejercicio de escritura del blog Literautas. El relato debe de empezar con esta frase: “se pasó una hora buscando el calcetín rojo”.  No puede tener más de 400 palabras.


Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Sabía que él salía del trabajo en quince minutos y para cuando llegase quería estar lejos de allí.

Aquella mañana había sido igual de maravillosa que las últimas que llevaban juntos. Se conocían desde hacía apenas unas semanas pero habían conectado de manera inmediata. Le gustaba su sonrisa cuando la miraba, el hoyuelo de su barbilla y esa risa contagiosa que le hacía olvidarse de todas las malas experiencias pasadas.

Pensaba que con él todo iba a ser diferente, que iba a romper, de una vez por todas, esa armadura que le imposibilitaba unirse emocionalmente con alguien.

— Que tengas un buen día — le dijo él desde el quicio de la puerta antes de marcharse.

No fueron más que unas pocas palabras pero sus ojos le dijeron lo que su boca callaba. Vio el amor que aquel hombre le profesaba y el pánico se apoderó de ella.

Durante horas luchó consigo misma para obligarse a quedarse allí donde sabía que era querida. Pero una vez más el miedo a ser herida pudo con ella y sin darse cuenta fue recogiendo sus pertenencias. Era increíble cuántas cosas había llegado a traerse en esas pocas semanas.

Lo tenía todo metido en bolsas de plástico, estaba lista para irse y desaparecer de su vida como si nunca hubiese existido. Solo le faltaba una cosa: el calcetín rojo, el derecho. El izquierdo estaba bien guardado al fondo de su mochila. No es que fueran caros o especialmente bonitos pero eran de su madre y era lo único que le quedaba de ella.

Escuchó la puerta de la entrada abrirse y el corazón comenzó a latirle desfogado. Se acercó despacio hasta el pasillo y le vio parado al otro lado. Miraba las bolsas amontonadas en el suelo con una expresión tranquila, como si encontrarse aquella escena no le sorprendiese y después levantó sus ojos hacia ella.

La miró con el semblante serio pero a diferencia de lo que esperaba no había ni un solo atisbo de reproche en su sincera mirada.

En un lento gesto se llevó la mano a uno de los bolsillos de su chaqueta y sacó el gastado calcetín rojo.

— Sabía que esto pasaría así que esta mañana lo cogí. No vas a seguir huyendo, no te voy a dejar hacerlo. Es hora de que afrontes tus demonios y yo estaré a tu lado.

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¿Qué os ha parecido? ¿Qué se os habría ocurrido a vosotros con esa premisa?
Y ya sabéis que las críticas constructivas siempre son bienvenidas.

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¡Un saludo!




10 de mayo de 2018

La cueva del dragón

Este relato participa en el taller de "Móntame una escena" del mes de mayo, de la página Literautas.
La premisa que nos daban es que debe de suceder dentro de un lugar llamado la cueva del dragón.


El chico se acercó con cuidado a la entrada de la cueva. Sabía que el dragón estaba dentro, lo escuchaba roncar desde allí, y eso fue lo que lo animó a aventurarse al interior y acabar con él de una vez por todas. 

El casco que llevaba era muy viejo y tenía muchas mellas, pero era mejor que nada. Tomó el escudo, que también había visto mejores épocas, y desenvainó su espada.

—Vamos, Nina —le dijo a su fiel acompañante, un rollizo corcel marrón de orejas muy grandes.

Se adentraron varios metros en la cueva. El interior olía a humedad y ha quemado y solo se oían los fuertes ronquidos de su morador. En cuanto pusieron un pie en el interior el dragón gruñó con fuerza y Nina salió huyendo al instante.

—Cobarde —murmuró el chico en voz baja.

Tomó aire un par de veces y comenzó a andar despacio sin hacer mucho ruido. Llevaba semanas intentado acabar con el dragón y eran pocas las veces en las que podía sorprenderlo mientras dormía. Tenía que aprovechar esa oportunidad.

El animal estaba tumbado en la parte más alta de la cueva, encima de una piedra recubierta por ramas, hojas, paja y los huesos de sus últimas comidas. Respiraba con calma y cada vez que el aire salía de sus fauces una pequeña llamita azul iluminaba la estancia.

El chico avanzó despacio, en los últimos días se había adentrado en la guarida del dragón en multitud de ocasiones y se conocía la cueva casi a la perfección. Los primeros metros estaban llenos de agujeros, que dificultaban el paso e impedían que un grupo grande avanzase en formación, tan solo se podía pasar de uno en uno con la espalda pegada a la pared.

El ruido que el propio dragón hacía cubría sus pasos, pero no se quiso confiar. No era la primera que intentaba sorprenderlo con la guardia baja, pero hasta ese entonces solo había conseguido llegar hasta él en muy pocas ocasiones. Tenía un oído muy fino y el más leve ruido lo despertaba.

Cuando atravesó el suelo con agujeros rodeó varias rocas el doble de grandes que él y saltó un pequeño riachuelo que corría por mitad de la cueva. Al aterrizar al otro lado el escudo se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco. Durante unos segundos el dragón dejó de roncar y se removió inquieto dentro de su sueño. El chico temió haberlo despertado y permaneció quieto, alerta a cada uno de sus movimientos.

No había ningún sitio donde esconderse. Si se despertaba en ese momento solo le quedaba correr todo lo que pudiese y escapar de allí, esperaba que de una sola pieza. Contuvo el aliento hasta que la respiración del temible dragón volvió a acompasarse.

Suspiró aliviado y avanzó de nuevo. Solo tenía que recorrer unos pocos metros para llegar a la piedra en la que estaba tumbado.

Miró a su alrededor y pensó cuál debería ser su siguiente movimiento. No era la primera vez que llegaba hasta allí, pero ningún intento había tenido éxito. Había probado a saltar encima de él y clavarle la espada, pero sus escamas eran demasiado duras y el acero nunca podía llegar a la carne. También había intentado asfixiarlo, pero aquello fue incluso una peor idea, y estuvo varias semanas convaleciéndose de sus heridas.

Mientras pensaba en lo que podría hacer, el dragón abrió los ojos y clavó su mirada en el chico, como si supiese perfectamente que estaba allí.

Se miraron con intensidad, azul contra azul, durante unos largos segundos.

—Johann —dijo el dragón en un tono de voz muy serio.

El chico no le respondió. Aún no tenía claro qué hacer, pero había llegado hasta allí y tenía que aprovechar esa oportunidad. Se armó de valor y saltó hacia él con la espada en ristre.

El dragón se levantó de un rápido movimiento y lo esquivó con facilidad.

—¿Ya estás otra vez con lo del dragón? —preguntó el dragón.

—¡Muere! —gritó el chico abalanzándose de nuevo sobre él.

Consiguió acertarle con la espada en la cabeza, pero igual que en las otras ocasiones la hoja no llegó a atravesar las duras escamas.

—La última vez Maria te castigó por intentar ahogarme, ¿es que no aprendes?

A la desesperada descargó rápidos golpes contra la cabeza y la espalda del dragón, pero eso tan solo lo hizo enfurecer más aún.

—¡Déjame tranquilo, enano! ¡Vete a jugar con Nina! Para eso te compraron el conejo —bramó el dragón.

Las aletas de la nariz del animal comenzaron a hacerse más grandes, se volvieron de un color azul oscuro y las chispas se arremolinaron a su alrededor.

El chico lo vio venir, pero no tuvo tiempo de prepararse o de huir y las llamas le dieron de lleno.

El dragón había vuelto a vencerle, otra vez.

*

¿Qué os ha parecido que era el chico? ¿Y el dragón? ¿Es de verdad un ser mitológico?
¡Contadme vuestras impresiones!

Y ya sabéis que las críticas constructivas siempre son bienvenidas.

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¡Un saludo!




26 de abril de 2018

Tu tacto, tu olor, tu sabor

La idea de este relato salió de un libro titulado "642 cosas sobre las que escribir".


No sé qué me gusta más de ti, si tu tersa piel o tus voluptuosas curvas.
Siempre te encuentro en rincones oscuros y cuando mi mano te toca, no puedo evitar deleitarme con tu contacto. Mis dedos recorren todos tus recovecos y se pierden entre las líneas de tu figura.

La capa marrón que siempre llevas encima me estorba. Te la quito despacio. Con cuidado. Y todas las veces me maravillo por la blancura de esa sedosa superficie, que solo me enseñas a mí. Suave y lisa. Simplemente soberbia, perfecta. Mis manos resbalan por ella y las marcas que recubren tus curvas me cautivan.

Te toco, te palpo, te preparo y busco el mejor lugar por donde empezar.

Luego te abro. Tu olor me domina, me somete y no puedo evitar que unas lágrimas caigan por mis ojos. Algunas veces te odio por ello. Estoy acostumbrado a ello, pues no es nuestra primera vez juntos y tampoco será última. Me gustas demasiado. Pero aun así, detesto que me hagas llorar. Aunque soy consciente de que no lo haces a propósito. Es tu naturaleza.

Cuando estás lista tu olor me seduce y me inunda. Inspiro aire y lleno mis pulmones con tu aroma. Me recreo en ese eterno instante y me convenzo de que unas pocas lágrimas merecen la pena.

El culmen llega cuando, al fin, mi lengua te saborea.

Exquisita.

Podría elegir a otra, sin embargo, nada sería lo mismo. Echaría demasiado de menos tu sabor.

No. Solo puedes ser tú.

Y por eso, por tu unicidad, te escribo estas palabras, este homenaje.

Esta oda a una cebolla.

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La premisa era escribir una oda a una cebolla.

¿Qué os ha parecido? ¿Qué pensabais que estabais leyendo? ¿Os esperabais el final?

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¡Un saludo!




10 de abril de 2018

Cuando la procrastinación gana la partida

Este relato participa en el taller de abril de la página Literautas. 
Las premisas son: Un escritor o una escritora con miedo al folio en blanco y que contenga las palabras lencería, lápiz y limón.


Hace un día espléndido, el sol brilla con fuerza en el cielo y me calienta. Pero ese calor tan solo se queda en la superficie, encima de la ropa, y no llega a traspasar la piel. Dentro de mí hay un sentimiento muy fuerte que mana, surge de mi interior, y contrarresta cualquier sensación de alegría o confort.

La frustración se ha hecho dueña de mi cuerpo y campa a sus anchas.

Ya han pasado varias semanas desde que me senté por última vez delante de esa hoja en blanco. Y por aquel entonces ya habían pasado unos cuantos días desde que permanecía inmaculada.

Me da miedo volver allí. Enfrentarme a ella y darme cuenta de que sigue tal y como la dejé.

Así que, aquí estoy, convenciéndome de que hay que aprovechar los días de sol cuando todavía no quema mucho. Doy paseos por el campo, me pierdo entre los frutales y me asombro por lo naranja de la naranja y lo amarillo del limón.

Ando y ando hasta que se hace de noche, ya no hay sol y la excusa se acaba. Así que regreso a casa a paso lento, muy despacio, casi arrastrando los pies. Intento retrasar todo lo que puedo ese inevitable momento. Es angustioso.

Pongo una lavadora, luego otra, las tiendo y me deleito con la fina lencería de la vecina del cuarto. Luego plancho: camisas, pantalones, sábanas, trapos de cocina y calcetines. Hago magdalenas rellenas de mermelada casera, una tarta de chocolate y un lomo de bacalao gratinado con una guarnición de patatas panaderas y pimientos de piquillo acompañado de espárragos trigueros.

Cuando me dispongo a cenar el cielo empieza a clarear, un nuevo día comienza. Tacho otro número en el calendario y suelto un largo y hastiado suspiro.

Me giro hacia la mesa y esta me devuelve una mirada retadora, la hoja en blanco sigue ahí, exactamente igual que antes.

Se ríe de mí, lo sé. Piensa que no valgo nada y le daría la razón. Pero en ese momento todos los textos que he escrito con anterioridad me miran con el ceño fruncido, decepcionados. Saben que son buenos, o al menos no muy malos, y no les gusta pensar que fueron escritos por alguien cobarde, por una persona que no afronta sus miedos y se esconde detrás de banales excusas.

Me acerco hacia allí, me siento en la silla, tomo el lápiz y cierro los ojos. Respiro con calma y cuento hasta diez una y otra vez. Dejo que mi mente vague en ese pozo de bocetos inacabados. Selecciono, descarto y reinvento.

Cuando vuelvo a abrir los ojos las palabras no fluyen en torrente, pero una pequeña chispa se ha prendido en el interior de mi cabeza y una imagen difuminada comienza a abrirse paso.

Sonrío con alivio, feliz, y comienzo a escribir mientras siento, otra vez, la conocida sensación de una idea formándose.

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Hace mucho tiempo que no me encuentro en la situación de sentarme delante de una página en blanco y no saber qué escribir. Pero por desgracia, la procrastinación y yo somos grandes amigas. En especial cuando más interesante está la historia o cuando me queda poco para terminarla, y la verdad, es algo que no entiendo.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez os habéis encontrado con una página en blanco? ¿Cómo os habéis sentido? ¿Qué habéis hecho para ganarle la partida?

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17 de marzo de 2018

Canela, vainilla e incienso

Todos los días, y casi a la misma hora, el hombre entraba en la vieja tienda de discos. Estaba muy lejos de su casa y tardaba más de una hora en llegar, pero le encantaba aquel lugar.

El dueño era un apasionado de los discos antiguos, los vinilos, las bandas sonoras de cine y los gatos. Eso era lo que vendía en su tienda, menos gatos, y eso era lo que él buscaba.

Al abrir la puerta el familiar olor inundó su nariz. Era una mezcla de canela, vainilla e incienso. A algunos podría parecerle demasiado empalagoso, pero a él le tranquilizaba, le hacía sentirse en casa.

Como todos los días, el dueño se encontraba detrás del mostrador. Tenía unos auriculares en las orejas y escuchaba algo con los ojos cerrados.

No se dio cuenta de la llegada del hombre hasta que el felino, que dormitaba en su regazo, saltó al verlo.

—Esta mañana ha llegado algo que te encantará —le dijo abriendo los ojos.

El gato se había acercado hasta el hombre y se rozó contra su pierna pidiendo atención.

—¿Está en la sección del fondo? —preguntó. Se agachó y acarició la cabeza del animal.
—Como todo lo bueno por descubrir —respondió el dueño colocándose de nuevo los auriculares.

La distribución de la tienda era bastante peculiar, pero la sección del fondo era especial. No tenía un orden fijo. Al dueño le encantaba meter obras maestras, versiones únicas y ediciones limitadas entre el resto de discos. Decía que ahí era donde residía el placer de la búsqueda. Había que ser perseverante y no rendirse nunca, pues uno nunca sabía cuándo iba a aparecer ese disco que llevábamos años buscando o aquel otro que nos cambiaría la vida.

El hombre dejó al gato en el mostrador y se dirigió hacia allí. El dueño podría haberle apartado el disco y dárselo al llegar, pero al hombre le gustaba la intriga y le emocionaba el reto de descubrirlo por sí mismo. No sabía qué era lo que buscaba, pero estaba seguro de que lo sabría cuando lo encontrase.

Empezó a buscar por el medio y luego continuó hacia la derecha. Siempre lo hacía así.

Sacó discos y vinilos al azar: primeras versiones, clásicos de los 80, grupos mundialmente famosos y otros completamente desconocidos. Algunas portadas llamaron su atención, como la de ese grupo de nombre impronunciable o esa otra con la cara de una bruja de enigmática sonrisa.

Pasó varias horas perdido en aquel mundo. Disfrutó de cada uno de los nuevos descubrimientos y apartó un par de discos para llevarse a su casa. No tenía mucho espacio, pero siempre había hueco para uno o dos discos más. Casi se había olvidado de las palabras del dueño cuando lo encontró.

La portada era igual a como la recordaba: negra con las letras plateadas envueltas en unas sencillas filigranas. Nunca le gustó esa carátula, se lo dijo millones de veces, pero jamás le hizo caso.

Tomó el disco con manos temblorosas y le dio la vuelta. Repasó la lista de canciones y sonrió al leer los títulos. Se acordaba de todas ellas y recordaba perfectamente el momento en el que fueron terminadas. Le encantaba su sonrisa de satisfacción cuando las acababa, se había enamorado por ellas.

Abrió el disco y cuando vio la contraportada comenzó a sudar.

Encima de las impresiones de la discográfica había algo escrito a mano. Era su letra, reconocería esas eses en cualquier parte.

—No sabes la emoción que he sentido al enterarme de que aún me buscas —comenzó a leer en voz baja. —Irme fue un error, el mayor de todos los que he cometido y espero que puedas perdonarme.

Cerró la tapa con lentitud y una pequeña lágrima cayó sobre el plástico.

Se giró para preguntarle al dueño que dónde había encontrado el disco, pero lo que vio le dejó paralizado.

Habían pasado muchos años y el tiempo lo había cambiado. Sin embargo detrás de las pequeñas arrugas de sus ojos y de las canas que poblaban su cabeza descubrió ese rostro que tanto amó y que tanto había echado de menos.

Lo miraba con miedo sin saber si acercarse o no.

—Perdóname por todo lo que te hice pasar.

Cuando escuchó esa voz que llevaba tanto tiempo deseando volver a oír, se lanzó sobre él y lo atrapó entre sus brazos.

—Solo si me prometes que nunca te volverás a ir.
—Jamás.

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Este relato participó en el ejercicio de escritura de marzo del 2018 del blog Literautas.

Las premisas eran: Que el relato tenga lugar en una tienda de discos y que aparezcan en el texto las palabras gato, bruja y cine.

¿Qué os parece? ¿Quién os imagináis que es esa última persona?

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11 de marzo de 2018

Era de su abuelo

Por tercera vez en diez minutos el chico vuelve a golpear el pequeño transistor, es un aparato viejo y funciona cuando quiere. Por lo general el sonido siempre está distorsionado y de vez en cuando se escuchan un grave pitido que se sobrepone a las voces de los moderadores. No es demasiado fiable, sin embargo se niega a desprenderse de él, le tiene un gran afecto y es su única compañía en las largas noches de trabajo.

Odia ese lugar, pero aquella gasolinera es su único medio para poder pagarse las clases de la universidad. No es una zona conflictiva, más que nada porque está lejos de cualquier lugar, perdida en mitad de una carretera por la que muy poca gente transita. Pero desde que tomó la decisión de independizarse se niega a pedirles dinero a sus padres.

La nieve cae al otro lado del cristal, hace ya unas cuantas horas que comenzó a nevar y no parece que vaya a parar dentro de poco. En el suelo, fuera del tejado de la gasolinera, se ha formado una densa capa blanca que aún permanece inmaculada. ¿Quién va a ser el insensato que sale a la calle con este frío?

El chico lanza un cansado suspiro al aire y se apoya sobre el mostrador. Mira el reloj que hay colgado en la pared de enfrente y cierra los ojos frustrado: aún quedan más de tres horas para que su jefe llegue y él pueda irse a casa.

De pronto el sonido de un coche acercándose le saca de su somnolencia. Abre los ojos, levanta la cabeza y ve como una vieja furgoneta se hace paso entre la nieve. Se para casi delante de la puerta de cristal y de su interior salen dos personas: un hombre y una mujer de mediana edad que se dirigen con premura al interior de la gasolinera.

Al ver sus caras el chico se acuerda de sus padres. No se parecen en nada pero hay algo en ellos que le resulta familiar. Cuando cruzan la puerta de cristal les saluda con amabilidad y ellos le devuelven el saludo con educación.

— Hace un frío terrible — comenta el hombre quitándose el gorro y los guantes—. ¿Tenéis pañuelos?

— Al final del pasillo — responde el chico señalando a su izquierda.

El hombre le da las gracias y los dos se dirigen hacia el lugar indicado. Los ve hablar en voz baja y los sigue con la mirada.

Está acostumbrado a ver todo tipo de personas entrar allí, cada uno con una historia diferente de la que no quiere saber ni tan siquiera el principio. No hay nada en aquella pareja que llame la atención. Pero el chico ya lleva mucho tiempo en ese trabajo y ha aprendido a confiar en esa sensación de intranquilidad que se planta en la boca de su estómago cuando algo no encaja. No sabe lo que es, los mira con atención y sin perderles de vista en ningún momento lleva la mano hacia el pequeño armario que hay debajo del transistor. Hace unas semanas uno de sus compañeros se vio envuelto en un buen lio y acabó en el hospital con algunas heridas graves. La idea de que a él pudiese pasarle algo parecido no era nada descabellada así que tomó la decisión de hacerse con un arma.

Abre el armario con cuidado y toma la pistola. Es pequeña, una arma de mujer, le dijeron en la tienda, pero tenerla en la mano le da seguridad.

La pareja se da la vuelta y se acercan de nuevo al mostrador. Desde donde se encuentra puede verles las manos y ninguno de ellos lleva pañuelos.

Sus miradas se lo dicen. Le miran a los ojos con tranquilidad, seguros de sí mismos. Controlan la situación y la frialdad de sus movimientos le indican que ésta no es la primera vez que se encuentran en una situación parecida.

No sonríen, sus caras tienen una expresión impertérrita y paso a paso se van acercando hacia el chico. Quiere levantar el arma y apuntarles con ella, sin embargo el miedo le paraliza. Hay dos pistolas encañonadas en su dirección, pero es incapaz de moverse. Se grita a sí mismo ¡reacciona! Intenta volver a tomar el control de su cuerpo pero llega demasiado tarde.

Se oye un fuerte estruendo y lo último que se escucha es un agudo pitido proveniente del transistor, parece que finalmente dejó de funcionar.


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Este relato participó en el taller de escritura número 48 del blog Literautas.

Las premisas eran: Debía de estar ambientado en una gasolinera; no podía tener más de 750 caracteres y tenía que contener las palabras “idea” y “armario”.

Y esto fue lo que salió.

¿Qué os parece? ¿Os imaginabais que tendría ese final?

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