Hacía ya mucho tiempo que no os hablaba de las aventuras que
tuvo mi amiga china con la loca de Stuttgart, así que hoy vamos a retomar la
historia, que por desgracia parece que se acaba aquí, pues no me ha contado
ninguna anécdota más.
Psicosis en Stuttgart -
Parte I
Psicosis en Stuttgart -
Parte II
Psicosis en Stuttgart -
Parte III
En una ocasión bajé a la cocina a hacerme un té, dejé la
puerta de mi habitación abierta pues iba a tardar poco, cuando estoy acabando
la escucho llegar.
- No puedes irte de la habitación y dejarte el ordenador encendido.
- Solo he salido para hacerme un té, no voy a tardar mucho.
- Ya, pero no puedes hacerlo. Gasta electricidad de forma
innecesaria.
- Pero no puedo apagarlo, estoy haciendo cosas importantes que
aún no he terminado y si apago lo pierdo todo.
- Pues déjalo en modo hibernación o algo parecido, pero no
puedes irte y dejarlo así.
- Solo he bajado a la cocina.
- Da lo mismo, ¿cuándo vas al baño también lo dejas encendido?
- La verdad es que no supe como decirle que no.
- ¿Sabes si ella hacía lo mismo con el suyo?
- No tengo ni idea, pero imagino que si.
- ¿Y de las luces encendidas no te dijo nada? porque imagino que tampoco las apagaste.
- No, de eso no me dijo nada.
- Pero me mejor pasó cuando me iba a ir. Me miró con
una cara que me dio hasta miedo cuando me vio
coger la taza de té y llevármela hacia mi habitación.
- No te irás a ir así de esa manera, ¿¿no??
- ¿De qué manera?
- Sin poner un platito debajo de la taza.
- ¿Para que quiero un plato?
- ¡¡¡Por si se derrama algo!!!
- Vino corriendo hacia mi, plato en mano, y me lo colocó
debajo de la taza. Yo sujetaba con una mano la taza y con la otra el plato,
pero parecía que eso tampoco le gustaba.
- No, no, ¡así no! Tienes que coger el plato con las dos manos.
- Pero el plato es demasiado pequeño para la taza esta, se me
va a caer.
- No se te cae si lo sujetas bien.
- El plato ya te aseguro yo que no se me iba a caer, de la
taza ya no estaba yo tan segura.
- ¿Tan pequeño era?
- La taza era muy grande, y el plato de los pequeñitos, esos de té.
- Casi era más grande la base de la taza que el plato en si, ¿no?
- Y sin el casi. Pues una vez que hube puesto las dos manos en el plato puso cara
de felicidad y me dejó ir con una sonrisa. Y allí me quedé yo, haciendo malabarismos para subir las
escaleras sujetando tan solo la taza. Confieso que acabé pasando de ella.
- La verdad es que tuvo que ser complicado subir las escaleras manteniendo eso en equilibrio.
- Ni te lo imaginas.
- ¿Alguna más que contar?
- Uno de los últimos días de mi estancia con ella me
sorprendió con un gesto que al principio pensaba que era tremendamente amable
por su parte.
- Voy a poner una lavadora, ¿tienes algo para lavar?
- Si, ¿oscuro o claro?
- No importa.
- Así que le di un par de camisas blancas que tenía sucias, no
me lo esperaba para nada, pero lo que si que no esperaba fue la imagen que me
encontré cuando bajé la cocina y la vi poniendo la lavadora. Ahí estaban mis
camisas, blancas, a punto de ser metidas con las toallas azules del jardín, los
trapos de cocina y una alfombra roja finita que hay en el suelo de la terraza.
- ¿¡En serio?! ¡¿iba a meter tus camisas blancas con todos los trapos y la alfombra?!
- Si, me faltó tiempo para lanzarme al rescate de mis pobres
prendas que estaban a punto de ser teñidas a saber de que color, y mezcladas
con todas las telas más sucias de la casa. Pero ropa suya no se veía por ninguna parte.
- Que horror...
Y esto es todo, no tengo ninguna historia más que contar,
pues aunque parezca mentira su estancia tan solo duró un mes. Si esto tan solo
le pasó en treinta días, no quiero ni imaginarme lo que pudiera pasar en un
año.