14 de febrero de 2013

El Grito de Munch... en varios sentidos.

Hay algunas personas que por alguna razón que se escapa a mi entendimiento, tienen ideas de lo más estrambóticas en lo que a la combinación de prendas se refiere. Pero viendo lo que he visto por la calle creo que este es el país adecuado para semejante gente.

Por otro lado, gracias a ese programa de televisión llamado Españoles por el mundo, sabemos que estamos esparcidos por todos los rincones habitables e inhabitables que confieren este amplio planeta. Y si a eso le añadimos todas las personas que viven al otro lado del charco, la suma de hispanohablantes asciende a un total de 420 millones de personas...

Así pues...

Yo ya lo avisé cuando me enseñó el conjunto que pensaba ponerse.
Una camiseta que ya de por si sola es más que horrible y llega incluso hasta a hacer daño a la vista. Color marrón caca de gato diarreico en la parte de arriba y que va oscureciéndose conforme va bajando, hasta tomar un color más oscuro, tipo deposición de humano estreñido de tres días (por lo menos).
A esto le conjuntamos un pantalón de licra negro, con rayas grises en todas las tonalidades imaginables y las aún no descubiertas.

No es que yo sea precisamente una experta en moda, Dios me salve de serlo, pero debe de ser por el hecho de haber crecido en un ambiente en el que la gente procura evitar daños irreparables en la vista de sus queridos congéneres, y por ello procuran seguir unas ciertas reglas no escritas de buen gusto a la hora de coger lo primero que pillas en el armario.

Mi cara de horror cuando me enseñó el modelo elegido tuvo que ser, por lo menos, merecedora de un Óscar.

No hizo falta decir nada para que la responsable del aumento de mis dioptrías dejara a un lado ese insulto a la vista que ella llama camiseta y cogiera otra más pasable. Aunque el pantalón seguía dándome urticaria.

Y así pasaron los días... su gusto no había mejorado nada, pero al menos tampoco había empeorado.
Todo estaba demasiado tranquilo, era la calma que precede a la tempestad. Hasta que un día esta estalló en truenos y relámpagos. Se lo había puesto... todo junto... y había tenido el valor de salir a la calle... como si nada... como si fuese lo más normal del mundo... Carnaval acabó ayer, por si no te habías enterado...

No hice ningún comentario al vestuario, pero una mirada vale más que mil palabras, o eso dicen...
Porque los alemanes no reparaban en tan estrafalario conjunto, pero ni bien nos sentamos en el metro, cuando dos chicas se quedan mirando a mi amiga y se ríen y cuchichean entre ellas... y yo frunzo el ceño. Sobre todo cuando escucho en un perfecto español "pero que conjunto más horrible", "si tía, se habrá mirado al espejo?", "que pantalones más horrendos". Y me callo, porque las chicas llevan más verdad que un santo, pero aún así sigo frunciendo el ceño.
"Aunque bueno, que esperas, la chica en si es bastante fea" y ahí empieza a salirme una venita en la frente. Porque a todo esto, mi amiga seguía a lo suyo, sin enterarse de nada, obviamente, pues de español no tiene ni idea.

De pronto el metro se para, las luces se apagan y se encienden las de emergencia. Genial! lo que faltaba.
Nos quedamos parados unos minutos, y el conductor nos explica que no pasa nada, que hay un problema de electricidad pero que ya lo están arreglando.
Las dos chicas parece que no entienden nada de lo que está pasando, así que para su tranquilidad les explico, en un también perfecto español, cual es el problema.
Si... caras rojas cual tomates maduros quedan sus caras, pero en ese momento el metro se pone de nuevo en marcha y ellas se bajan en la siguiente estación sin despegar la vista del suelo.

Y es que hay que tener cuidado con lo que se dice en voz alta, pues nunca sabes quién puede llegar a entenderte.


Un saludo!!


11 de febrero de 2013

Conversaciones robadas


Escuchar fragmentos de conversaciones por la calle suele ser bastante entretenido, algunas veces puedes llegar a escuchar algunas frases que te dejan pensando de que iría realmente esa conversación, porque no lo que tu has escuchado es algo surrealista.
En este momento tengo un pequeño problema de entendimiento, por lo que las frases y/o palabras que consigo entender suelen estar comprendidas en un repertorio muy limitado.

Pues bien, resulta que los alemanes, de alguna forma sobrenatural, también gritan por la calle y a veces las voces se cuelan por la ventana.

A lo lejos escucho a un hombre gritándole a alguien, pero no sé si estaba solo o iba hablando por teléfono, dado que yo solo le escuchaba a él. Al principio, debido a la lejanía, tan solo escucho a alguien vociferar e imagino que sus palabras no eran precisamente amables, por el tono que llevaba iba bastante enfadado, mucho.
Conforme se fue acercando pude reconocer el idioma, eso es alemán, pero sigo sin saber lo que dice.
Hasta que pasa por debajo de mi ventana, momento en el que los gritos llegan hasta la estratosfera y una palabra se cuela por los cristales, llegando alta y clara, sin ningún tipo de titubeo: "Puta!"
Y eso fue lo único que pude entender.


En otra ocasión, un sábado por la noche, muy de noche. O quizás sería un domingo... no se... un fin de semana, una "conversación" que transcurría en la calle me arranco de los cálidos brazos de Morfeo. En este caso, de nuevo solo escuché a un hombre gritarle a alguien, pero tampoco oí que nadie le respondiese.

Los gritos era tal que así:
- Uno, dos, tres!! corre!!! te voy a matar!!

Muy inspirador y civilizado el hombre en cuestión.
Por la voz, creo que puedo asegurar que se había bebido por lo menos medio Rin.
Repitió la amenaza un par de veces mientras andaba hacia saber donde.
Recuerdo haber escuchado a alguien salir por una ventana y decirle algo al hombre, no sé que fue. El hombre le respondió un "sin problema" y siguió con su retahíla.
- Uno, dos, tres!! corre!!! te voy a matar!!

Aunque esta situación la recuerdo un tanto borrosa... quizás lo soñé... 


Un saludo!!


4 de febrero de 2013

Psicosis en Stuttgart - Parte II


Continúo con la fascinante historia de la señora poco cuerda con la que una amiga estuvo viviendo durante un mes.
Aquí la primera parte: Psicosis en Stuttgart - Parte I

- Que fuerte me parece lo de la bañera...
- Si, eso junto con las restricciones en la cocina y a la hora de invitar a gente a comer fue lo más llamativo de mi estancia allí. Que ahora me río, pero por aquel entonces no podía creérmelo.
- ¿¿Tenías restricciones en la cocina?? ¿Como qué?
- Te cuento...


Cuando acabó de hacer la demostración gráfica de como uno puede ducharse en un bañera de rodillas, continuamos la visita turística por la casa hasta llegar a la cocina.

- Esta es la cocina. El lavaplatos no se puede poner más de dos veces a la semana, viene en las normas y si no está completamente lleno no lo pongas.
Tras lo cual abrió el susodicho aparato y me dejó ver una marabunta de vasos, platos y cacerolas.
- ¿Ves? como todavía no está lleno me espero.
¡¡¿Que no está lleno?!! Si metes algo más impedirás que el agua corra entre los cacharros...


- Eso me recuerda a mi estancia en Berlín... la señora siempre se quejaba porque ponía el lavaplatos cuando todavía no estaba a punto de explotar.
- Si... nunca entenderé porque son tan extremistas.
- Es para ahorrar agua y luz, o al menos eso es lo que me decía. Que es lo que había aprendido desde pequeña, así que cuando ella ponía el lavaplatos salía todo sucio, pero ¡¡ehh!! hemos ahorrado cinco platos y una cacerola.


- En este armario están las cosas que puedes usar. Platos, vasos y demás. El resto no puedes tocarlo. Y este es tu espacio en el frigorífico, pon el nombre en tus cosas, yo lo tengo puesto en las mías.
- Vale... - ¡¡No pienso poner el nombre en el paquete de carne!! 
- La cocina tiene cuatro fogones, como ves, el más grande no se utiliza.
- ¿Esta roto?
- No, pero gasta mucha electricidad.
- Ya...
- Puedes usar la cocina una vez al día, pero no puedes cocinar nada que haga humo, no hay campana y luego el olor se queda en toda la casa.
- ¿Nada que haga humo? ¿Perdona?
- Pues eso. Cuando cocines no puedes hacer humo.


- ¿Me explicas como haces eso? ¡Si hasta hervir el agua hace humo!
- Si, eso pensé yo.
- ¿Y que hiciste?
- Cocinar cuando ella no estaba, cerrar la puerta de la cocina y abrir la ventana. Aunque procuraba hacer cosas que no olieran mucho.
- Así que te duchabas y cocinabas cuando ella no estaba...
- Si, era todo en tiempo record.


- El horno puedes usarlo una vez a la semana. Y bueno, esta es mi mesa de trabajar, está llena de papeles, así que no los descoloques y no los manches.
- Entonces no podré comer aquí.
- Si, preferiría que no lo hicieras.
- ¿Puedo comer en la mesa del salón?
- ¡¡No!! Eso ni se te ocurra
- ¿Porqué? 
- La mesa es nueva
- Ya... entiendo... ¿Y puedo invitar a alguien a comer?
- ¿¿Alguien?? ¡¿A comer?! ¡No, por supuesto que no! Un té como mucho y en tu habitación. Pero tampoco puede quedarse mucho tiempo, no sé, ¿con dos horas está bien?


- Interesante...
- Si, se sorprendió mucho cuando le dije eso, como si no hubiese caído en la posibilidad de invitar a alguien a tu casa.
- ¡¡Cuenta más!!
- Una vez me hice un té y cuando iba a llevarlo a mi habitación...


Continuará...


Saludos!!





1 de febrero de 2013

Sin rejas


En alguno de los interminables viajes que me toca hacer con el autobús, he tenido la gran suerte de que las luces de dicho vehículo funcionaban más bien poco, así que en estas ocasiones mi compañero viajero Harry ha quedado guardado en la mochila.
Ya sabemos que la luz en las calles alemanas es más bien escasa, algunas veces he llegado a pensar que lo que pasa es que el autobús quiere fundirse con el ambiente y por eso ha decidido poner en huelga sus luces.

Pero a pesar de la oscuridad engulle-todo, la iluminación de las casas ha hecho que durante mi letargo autobusil viera que algo no iba como debería ir...

Al principio había algo que me mosqueaba, aunque no lograba entender que era. 
Luego llegué a la conclusión de que me faltaba algo en las calles, si algo más aparte de luz y farolas.
Y un día, al fin, caí en la cuenta de que es lo que me estaba fastidiando tanto.
En este país las ventanas de las casas no tienen rejas. 
No importa el piso que sea, ni siquiera las casas que son bajos las tienen. Y aquí los bajos son de hecho eso. Puedes ver perfectamente desde la calle lo que pasa dentro del piso, puedes poner el careto en la ventana si quieres.


Esta es una foto de una casa cualquiera.


La verdad es que es algo que me ha sorprendido mucho, desde que me di cuenta me he ido fijando, y todavía no he visto una ventana con rejas. 
En los pueblos vale, todavía, pero Colonia es la cuarta ciudad más grande de Alemania y aún así no hace falta tomar ese tipo de medidas.
¿Qué pasa? por que esa diferencia tan drástica? En España no hay bajo y a veces hasta algún primero, que no tenga una reja. 
Imagino que si están puestas será por algo.
Pero tenemos todo tipo de seguridades, puertas blindadas en las casas, con dobles cerrojos, ventanas enrejadas y telefonillos con sonido e imagen en algunos casos.
Aquí, como ya digo, es el extremo. Las puertas de las casas son casi de papel, que se mueven cuando hace viento. Dobles cerrojos? si, pero sin la llave hacemos poco. Y los telefonillos con sonido son lujos que no todas las casas tienen. Aquí suena el timbre, abres y ya. Será el cartero o el de los serones, a saber. No abras la puerta a extraños... si...

No sé, es algo que me resulta muy curioso. Será la forma de ser de la gente, mentalidad, educación... quien sabe, pero yo no vengo de un país tan lejano en el que la inseguridad se vea a la vuelta de la esquina, y aún así, existen cosas que son tan opuestas entre si.


Un saludo!!